Tramo / Stretch 1

No sé cómo ni por qué llegué a Rafaela. O mejor sí, pero no quiero recordarlo. Lo diré sólo una vez para que ustedes lo sepan mientras yo lo olvido definitivamente.

Mejor perderse que encontrarse

… Y me vino a la memoria una persona a la que todos llamaban Saturno, por aquello de ir siempre en sentido contrario a los demás. Saturno sorprendía siempre. Cada opinión suya era una fuente de sorpresas basada en el simple artilugio de pensar distinto. Llegué a estudiarlo como caso y comprendí que su criterio era realmente el opuesto al sentido común y que poseía una coherencia intachable.
Nunca pude ni siquiera imitarlo. Mi esencia no es de otro planeta. Pero conocer a Saturno me hizo ver de otra manera el mundo, preparado para una masa bastante uniforme de seres comunes mediatizados y educados para responder de manera igual ante cada circunstancia, con el único fin de simplificar las leyes de la convivencia y economizar en el sentido más amplio de la palabra.
Seré breve y no me extenderé en el análisis, que confío, cada lector podrá hacer por su cuenta. Me alcanza con contarles que Saturno era la excepción a la regla de la obviedad festejada como hallazgo y que desde entonces para mí, hallar es perder una búsqueda.

El mundo chiquito

 En la rutina, ayer fue parecido a hoy y hoy será parecido a mañana, pero no importa, uno espera, que alguna vez llegue el día marcado en el calendario imaginario. No pensaba así Saturno, claro que Saturnos hay pocos. El resto de los mortales gira en el sentido que le enseñaron a girar como trompo desde chiquititos, sin haberse podido detener a pensar ni siquiera para que lado están girando.
Tanto girar y girar marea y por cierto no lleva muy lejos, por lo que cada quién se va acostumbrando a ver una y otra vez a su alrededor, donde se busca comodidad y seguridad. Todo lo que queda a una distancia mayor se torna entonces extraño y peligroso, incómodo e impredecible y desde allí la decisión de sedentarse está tomada como única opción, natural, obvia y conveniente.
Es así como los seres humanos se aferran a su mundo chiquito, familiar, quieto, en el cual pueden desenvolverse aún mareados sin animarse a lo desconocido, más allá de alguna que otra escapada a la que juzgan “una aventura“.

Lo cierto es que me perdí

 Así estaba girando yo como cualquier otro, alegremente, hasta que algo torció mi trompo. De piruetas comunes con amigos salté a otros confines desconocidos. No sé como empezó todo. Tal vez fue a los seis años cuando llegó un primo desde lejos mostrándome mapas con islas que yo no conocía, quizás a los once cuando descubrí qué era Europa o a los dieciséis, cuando me sumergí en el atlas Salvat. No importa ya cómo ni cuándo, lo cierto es que me perdí. Y eso fue lo bueno, diría Saturno.

Cuando se deja el mundo chiquito ya no se puede volver a caber en él. Por más que se lo intente es imposible. Las extremidades se atrofian y el cerebro se aja, los recuerdos no caben y los espejos mienten siempre la misma imagen. ¿Para qué volver entonces? ¿Para qué encontrarse? Las respuestas a los grandes interrogantes suelen ser chiquitas. Yo las encontré sin buscarlas, casi imperceptibles y ahí voy desde entonces perdido en el gran mundo. Y no quiero regresar.

Sin distancias a la vista

 Entonces la exacta dimensión de lo real se asemeja a lo imaginario, cuando los deseos se convierten en realidad sin explicación alguna. Para estar perdido es preciso no estar en ninguna parte. Los viajeros deben darse de cuernos con la física y la geometría, imitar a los músicos y a los pintores y olvidarse de trabajar con las manos, para no dejar huella. La noción de distancia se construye desde el pasado, ya que el presente es estático y el futuro no se puede medir. Así que olvidar es una forma de llegar a todos lados.
Para no regresar al mundo chiquito es necesario perder la noción de cerca o lejos, que si acá o allá. Son parámetros espaciales que uno puede manejar en la medida que se convence que todo es cuestión de tiempo. Como el tiempo juega a nuestro favor cuando partimos porque por delante está la vida, el espacio puede empequeñecerse a la medida de la paciencia.
La ruta se hizo entonces breve y así llegué a Rafaela. Lo que sigue lo pueden ver en el video arriba.

camino a veritvania

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