Tramo / Stretch 3

Se ha dicho que una buena manera de vencer el miedo es enfrentarlo. Una de las caras del problema, sin embargo, es que el miedo no da la cara, se esconde, no va de frente. Entonces enfrentar el miedo es perseguirlo, y para eso hay que andar.
El miedo a encontrarse en medio de un camino, lejos de nuestro entorno conocido y sin dinero es uno de los miedos más comunes entre quienes desean viajar.
Forzar la situación, saliendo de casa sin un centavo, es algo sencillo de hacer y resulta quizas la acción más importante al momento de enfrentar ese miedo.

A la calle sin un peso

Así que así salí, caminado y con la mochila en la espalda una mañana de primavera, con el pronóstico en las nubes, dirección al sur
La idea de viaje experimental resultaba de un detalle no menor. Si bien en la mayoría de los viajes había llegado ese día en el que el dinero se acaba antes que la ruta, ésta era la primera vez que desde el vamos no contaba con plata. Había un objetivo en sí en eso, el que por sencillo que parezca había postergado una y otra vez ante la tentación de procurar algún billete antes de salir, lo que echaba de antemano por tierra el experimento. Salir del medio de una urbe de 14 millones de habitantes sin un peso, con kilómetros de casas por delante requiere de una ayudita. Hacer dedo en una esquina urbana a priori no parece ser fácil. De ahi la decisión de salir en tren, en éste caso de Quilmes a La Plata buscando acercarme al borde periurbano. Llegué caminando a la estación al mismo tiempo que llegaba el tren, por lo que tuve que apurarme a decirle al guarda “¿puedo viajar sin boleto que estoy intentando demostrar que se puede recorrer el mundo sin plata?” Su sonrisa respondió que sí y subí.
Esos pequeños logros resultan la energía para seguir. De repente todo empieza a verse distinto, no es lo mismo viajar sin boleto escondiéndose que sintiendo al guarda un amigo. Lo que ves por la ventanilla cambia de color, brilla más, y además mirás por la ventanilla en lugar de mirar si viene el guarda. Empecé entonces a deambular por el tren, mirando los rostros mientras pensaba lo flexible de las convenciones que rigen la vida de las personas.
En un lapso atravesamos el Parque Pereyra y los suburbios de La Plata. Llegar a esa estación significaba un nuevo y pequeño desafío. Cómo salir a la ruta, pero a cuál? a la 11, la 36, la 2? Las tres servían para acercarse a Dolores, unos 200 km más al sur, donde con un grupo de amigos mochileros nos encontraríamos al siguiente día.
Tener un objetivo geográfico se me antojaba bueno, pero marcarlo en el reloj era un problema que condicionaba cada paso.
Esto es algo que se me ocurre muy importante. Prescindir del tiempo es un factor vital para viajar sin dinero. No así el marcar un punto en el mapa, que facilita en algo las decisiones. En todo caso, en esto la suerte estaba echada, debajo de un arbol, junto a mi.

La Plata

Una pareja de mochileros, en el hall de la estación La Plata miraban un mapa, me sedujo la idea de hablar con ellos; en ese momento le preguntaron a la diariera dónde tomar el colectivo a Atalaya, ella les indicó sin gracia. Yo que estaba detrás, al llegar mi turno sentí la necesidad de consultarle “¿Cuál es la mejor forma de salir de La Plata hacia el sur caminando?” La diariera cambio la cara y me dijo, “¡Eso es ser mochilero!, andá todo derecho por la calle 1 y agarrá la diagonal del bosque hasta la 122 y por ésta todo derecho”
Las palabras de mi guía eventual quedaron grabadas como un mandato indiscutible, su gesto al responder no dejaba dudas. Se despidió con un “¡si volvés a pasar por acá contame!”
Las pocas cuadras hasta el bosque fueron muy urbanas. En las mañanas de domingo los centros de las ciudades huelen a persiana metálica y basura de ayer. En cambio en el bosque, como anticipo de lo que vendría, el aire cambio, cambiaron los silencios.
los colores y mi paso que se hizo lento, como bajando un cambio, el primero de varios que tenía que bajar.
Al pasar por el zoológico me atrajeron un montón de animales, ¡de madera tallada! Lo que en ese momento era la naturaleza hecha figura después, ya en el campo, entre liebres, ovejas y avestruces, me parecería una abominable muestra de la falacia de la vida urbana, donde nos contentamos con reflejos y aceptamos que las cosas sean aunque no sean. Un genio el artista, los animalitos desde lejos parecían de carne, pelo y hueso. Pensé, bueno, genial, es mejor que tener encerrado a un bicho.

El bosque se fue acabando entre olor a choripan y figuras de pochoclo. Las tentaciones en la ciudad están alimentadas metro a metro. Todo parece dispuesto para atraer al vil billete. Pero lo que menos sentía yo era hambre. Creo que el hambre muchas veces viene si estamos más vacíos de alma que de estómago.

Crucé la vía del tren universitario y dudé si seguir por los durmientes o por la vereda; una curva a la derecha, mas allá, me hizo recordar que esa vía va para la circunvalación y me alejaba de la ruta. Ahí me di cuenta que había decidido seguir por la Ruta 11 sin saberlo. Tomé entonces la avenida 122 y a poco de ello me acerqué a una chica que estaba esperando un colectivo. Stheffany era una bonita colombiana de ojos claros y pelo enrulado y poco conocía de La Plata, pero compartimos colectivo, que me llevó hasta el último barrio, El Carmen, ya sobre la ruta. Los últimos vericuetos en retazos de barrio por hacer dieron paso a toneladas de basura en la banquina, autos despedazados, animales podridos, yuyal que resiste igual.

Al fin en la ruta

Caminé un par de horas sin hacer dedo, alejandome de las perspectivas cortas ante un horizonte cada vez más visible. La basura se acabó y la ruta se hizo más fina. Pasaron un par de horas de caminata y levanté el pulgar con tanta suerte que enseguida paró un chico en una moto, sin casco y probablemente sin papeles. Ni bien me subí me preguntó si había visto pasar a la policía a lo que mintiendo respondí que sí, porque empezaba a darme cuenta que había sido un error subirse a esa moto. Un par de minutos después un tironéo que sentí en la mochila desde el acompañante de otra moto que se acercó me confirmaba la sospecha, pero el movimiento del tironeo hizo que la cámara trasera de la moto que me llevaba estallara, por lo que nos detuvimos, me bajé y saludé con una sonrisa.

A poco de caminar llegué a un santuario de El Gauchito Gil, amigo de los viajeros en las rutas argentinas. Compartí con él un vino tinto que le habían dejado como ofrenda, llené mi botella con mitad de agua y mitad de vino y sin pedírserlo un señor mayor me ofreció llevarme hasta el siguiente santuario, cerca de Magdalena. Ya en el auto me regaló un paquete de bizcochitos casi lleno, mientras hablábamos con su señora y su nieto de lo lindo que es poder recorrer el país a dedo. En la siguiente parada no pude no agradecer a El gauchito Gil por tanta hospitalidad. Caminé algo más y enseguida apareció el pueblo, uno de los más antiguos de la provincia de Buenos aires. Pequeño y calmo, casi abúlico, con bicicletas solas en las veredas a 100 km de la Capital. Salvo el edificio municipal, el resto son construcciones bajas y poco para ver, por lo que seguí camino hacia la salida sur a hacer dedo nuevamente.

El sol ya empezaba a caer y el cansancio a sentirse en la bifurcación de rutas. Pocos seguía hacia la ruta 36 que era la que me convenía, la mayoría seguía hacia la costa. Al cabo de casi dos horas y varios autos que no se detuvieron, un agente de la policía que iba a tomar funciones a Verónica me dio el “ride”, a través de un atajo de tierra que permite ahorrar 8 km y ver ñandúes, liebres y zorrinos, y un hotel abandonado en ruinas. En Verónica solo estuve 20 minutos haciendo dedo, un lugareño que iba a  Las Pipinas me levantó más que nada porque ya oscurecía, me dijo.

Las Pipinas

Oscureció ni bien llegamos y sentí hambre y sueño. Era cuestión de la prueba esperada. Conseguir comida y alojamiento sin un peso. Di cuatro vueltas a la única manzana con comercios antes de animarme a entrar a una panadería a pedir algo. Pero salí con medio kilo de pan del día. Pan y vino, no es poco, dicen que Jesús hizo bastante con eso. El alojamiento se resolvió rápidamente también. Llevaba carpa pero estaba muy oscuro para armarla, asi que la extendí debajo de una mesa de hormigón en el camping municipal y dormí placidamente hasta el amanecer dentro de mi bolsa.

Despertarse no es sinónimo de levantarse, me quedé más de una hora pensando ahí acostado debajo de la mesa. Pensaba que se puede viajar sin dinero, que había hecho 100 km, comido y bebido y dormido placenteramente sin un solo peso, y que si eso lo multiplicabamos el Camino a Veritvania era posible.  Pero pensar a esa hora fue un error, porque resultó ser el único momento de la mañana que unos pocos autos salieron en dirección al sur, donde yo debía seguir. Además debí procurar desayuno, que tomó la forma de un café que conseguí en la sala de primeros auxilios. Eran ya las 9 cuando volví a la ruta y el sol calentó mi cabeza por las siguientes 4 horas hasta que le hice señas a una pareja que se detuvo y me llevó casi 100 km hasta el empalme de la 36 y la ruta que entra a Dolores, en un viaje a pura charla sobre trenes idos que no volverán. Las Pipinas era una estación cabecera del Ferrocarril Roca hasta los años 70 y el estado de las instalaciones era espantoso. Esa espera larga fue el momento más crítico de la experiencia, porque sacaba cuentas que no llegaría a horario al encuentro de mochileros al que había sido invitado y por mi cabeza paso pegar la vuelta anticipada, pero la suerte quiso que siguiera.

Dolores

Del desvío de Dolores al pueblo hay unos 20 kilómetros. Cuando le fui a pedir una naranja al vendedor apostado en la banquina me preguntó para dónde iba y al decirle Dolores me aconsejó que vaya al puesto de quesos y salames que el dueño a esa hora siempre vuelve a su casa en el pueblo. Y así fue, en cuestión de media hora estábamos saliendo, en una ruta atestada de autos que volvían a Buenos Aires tras un fin de semana largo en la costa. Llegué a destino algo tarde pero llegué, caminando los últimos dos km por un desvío a un hermoso puente de la ruta vieja, lugar del encuentro. Había llegado con presupuesto cero y eso me dibujaba una gran sonrisa que compartí con los amigos entre anécdotas viajeras y sanguchitos. Lo que sigue está muy bien contado por Mariano Cadenau en su blog El Gran Viaje, incluida la vuelta a casa sin un peso.

facebook camino a veritvania

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Hermoso cómo quedó el relato!! Y un placer haberte conocido en el final de tu viajecito a Dolores, en el encuentro de viajeros. Por muchos relatos más!

    1. gustavollusa dice:

      Fue re lindo, un momento muy especial, muy viajero y me siento orgulloso de tenerlo entre estos primeros pasitos. Bienvenida al Camino a Veritvania, Mariel !

  2. Genial relato muy bueno, ameno. Y que deja soñar un poco casi con una modorra placentera, como una buena comida.

    1. gustavollusa dice:

      Ahhh pero eso si es una definición magistral de modorra placentera chicos! Gracias, bienvenidos al Camino a Veritvania.

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