Tramo / Stretch 4

De Platón a la montaña

La alegoría de la caverna es una célebre página de la historia de la filosofía a través de la cual se puede comprender el pensamiento platónico, influencia capital en nuestra cultura. Intentaré utilizarla para contar este tramo.

Se trata de una explicación metafórica realizada por Platón sobre la situación en que se encuentra el ser humano en relación al conocimiento. Platón describe un espacio cavernoso, en el cual se encuentran un grupo de hombres, prisioneros desde su nacimiento por cadenas que les sujetan el cuello y las piernas de forma que únicamente pueden mirar hacia una pared. Por detrás de ellos caminan hombres portando todo tipo de objetos cuyas sombras, gracias a la iluminación de una hoguera, se proyectan en la pared que los prisioneros pueden ver. Estos hombres encadenados consideran como única verdad las sombras de los objetos ya que no pueden conocer nada de lo que acontece a sus espaldas.

Continúa la narración contando lo que ocurriría si uno de estos hombres fuese liberado, encaminándose hacia fuera de la caverna a través de una áspera y escarpada subida, apreciando una nueva realidad exterior desconocida. La alegoría acaba al hacer entrar, de nuevo, al prisionero al interior de la caverna para “liberar” a sus antiguos compañeros de cadenas. Cuando este prisionero intenta desatar y hacer subir a sus antiguos compañeros hacia la luz, Platón nos dice que éstos son capaces de matarlo y que efectivamente lo harán cuando tengan la oportunidad.

La experiencia escalando

Yo no soy montañista. Las veces que he estado en alturas tuvieron que ver con la necesidad de recorrer caminos hacia pueblos de altitud, como Cerro de Pasco o Andahuaylas. Pero pocas veces para subir a una cima y sacarse una foto. He desistido incluso de las montañas rusas de los parques de diversiones, no por miedo a la altura (me gusta colgarme de los precipicios) sino porque prefiero evitar oír los gritos desesperados de los masoquistas. En las montañas de roca sucede algo parecido. He visto personas de edad sentadas en una piedra preguntándose quién los mandó a meterse a hacer eso y padres orgullosos de llevar a niños pequeños sin pensar en los riegos que su hijo corre.

He oído que la montaña tiene horarios, que no es el sol ni la luna los que marcan el tiempo en esos territorios no planos. En la llanura, con el fantástico horizonte siempre creíble, solo basta mirar el cielo para saber si es tarde o temprano. Eso no sucede en la montaña, ahí es todo caprichoso y las once de la mañana puede ser tardísimo y hay que apurarse aunque uno esté cansado, no se puede parar a contemplar el paisaje ni ha satisfacer las necesidades del ocio. Parece ser que la montaña se enoja y te puede devolver una bajada resbaladiza, un intenso frío o un calor agobiante si no le haces caso, con el viento como cómplice si es necesario. En la montaña somos esclavos de la montaña, no sus amigos.

Prepararse para escalar incluye pasar por el mercado. Parece que se consume mucha energía en el ascenso y descenso de una montaña, por lo que la dieta del montañista debe ser variada y abundante. Mis anfitriones proveyeron de agua, bebida energizante, vino tinto, cerveza, ron, asado, papas fritas, salame, queso, atún, cebolla, tomate, mandarinas, naranjas, bananas, pan árabe, galletitas, café, chocolate y alfajores. Dedicarse a subir montañas puede ser una forma de alimentarse bien.

La subida fue mortificante, cada kilómetro que uno avanza significa tener que hacer el esfuerzo para elevar el cuerpo y la carga cientos de metros. A ese paso, caminar un día puede significar estar miles de metros más cerca de la luna y las estrellas por la noche, creyéndolos una especie de dios a los que rogar nos cure el dolor de los huesos y los músculos. Si la muerte nos encuentra alguna vez camino a Veritvania, es probable que sea escalando.

Descender es placentero. Uno es como un viento que sopla a su antojo, sobra el oxígeno, los pies se pelean para apurar sus pasos y el tiempo vuelve a escurrirse de las mañas y lo que pareció mucho de ida, se esfuma en un instante, regalándonos de vuelta  las flores más bellas, que nacen al pie pero no en la cima.

camino a veritvania

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