20 años, dos partidas.

la partida 1994Hoy se cumplen 20 años de la partida hacia mi primer gran viaje. Un viaje sin internet y entre guerrillas por 13 países de América Latina. El 3 de enero de 1994 a las 16:30 horas salí desde Retiro en un bus Ahumada directo a Valparaíso. Íban conmigo mis amigos Juan Carlos Aguilera y Pablo Zarbo. Los tres ya conocíamos Chile y lo sentíamos un regreso que sería el primer capítulo de un largo cuento.
Estuvimos dos semanas entre Casablanca, Viña y Valparaíso, con amigos que habíamos hecho en dos viajes anteriores a Chile. El siguiente destino fue La Serena, donde ni bien llegamos conocí a Griselda Salas y mis planes cambiaron. Tres días después me reencontré con mis amigos ya en Antofagasta. El calor de Atacama en enero alucina. Al fondo del camping Tulor Juan despejaba tinieblas, mientras Pablo atrapaba bolsitas que el viento arremolinaba. Estábamos en carpa, pero fue la única vez que la usamos en todo el viaje. La inmensidad del desierto solo puede explicarse de una forma, sintiéndonos pequeños, muy pequeños. Los rostros ajados, cobrizos, brillaban mucho más que los nuestros, como si la única respuesta posible ante el sol abrazador fuera un espejo dérmico.

Un tren que ya no anda nos llevó de Calama a Uyuni, ya en Bolivia. Conocer el orgullo boliviano es revelarse interiormente, sentir que las cosas no son como parecen. El rosa de las niñas y el celeste de los niños es mera formalidad, así como las horas que el reloj público de la época colonial sigue dando bajo un cielo que sabe más de colores que cualquier otro. Conocimos inodoros que nunca antes y prescindimos del papel por única vez. Hay situaciones para cerrar en su hermetismo con algunos puñados de silencio, del más puro jamás oído. En cuanto a los colores yo, que era multicolor, me opaqué sin darme cuenta hasta el sepia, el marrón y el crema del que nunca mas pude escapar, ni en México, ni en Centroamérica.
Después siguió Perú. Ni el sombrero boliviano ni el reloj pudieron sortear la mojadura de las termas de Aguascalientes aquella noche de estrellas sin luna antes de conocer Macchu Pichu. El andén y vereda de la vía y calle principal del pueblo me recordó a Macondo y aunque ya hacía días que el surrealismo se había incorporando a mis retinas, este pequeño poblado fue demasiado para mi, tanto que recuerdo haberme planteado allí la posibilidad de acelerar el camino ante tanta realidad. Planteo que días después, ya en Lima, se haría irrefutable. El Huaina Picchu tiene una cima pequeña, que es la cima de la cima mas grande. Allí, casi como un ángel, la desnudez imitaba el vuelo imaginario de quien sin quererlo es una nube.
Después de Cuzco algo cambió. El viaje no era el mismo para los tres que habíamos partido, y nos separamos. Pablo regresó a Chile y Juan siguió a Ecuador. Yo fui a Lima para tomar un vuelo de Avianca con destino Guatemala y escala en Bogotá. Fue una decisión apresurada que me depositó en un mundo absolutamente desconocido, de repente y sin pre avisos.

Macchu Pichu
En tierras lejanas

Llegué de noche y dormí en el aeropuerto La Aurora de la ciudad más grande de Centroamérica, tratando de no oír una canción que desde la radio del encargado de limpieza decía “Colegiala coqueta, píntate las uñas de violeta. Colegiala coqueta, súbete a mi carro amarillo”. Evidentemente la globalización todavía no se había iniciado.
Estuve muchos días en Guatemala. Aprendí de otras comidas, otros horarios. Aprendí que lo feo puede ser muy bello, como esa niña retacona y regordeta que sonreía con ganas o ese carro desvencijado que se resistía a ser solo chatarra. Anduve sus calles mas que sus aceras, casi siempre obstruídas por el comercio informal de inequívocas formas. Un incipiente Arjona volaba de la radio a mis oidos con “Jesús es verbo no sustantivo” algo que parecían no oir la mayoría de los guatemaltecos volcados al evangelismo.
Como un pre Camino a Veritvania yo me empecinaba por entonces en buscar un monumento inexistente, un supuesto Mau Ixá que hipotéticamente se encontraría en el Mundo Maya, y que nunca hallé. Mientras, cerca de Tikal un pajarraco que algún día será un tucán, o quizás no, me pre anunció el exotismo, como si las tres dimensiones que me rodeaban no pudieran alcanzar para describir lo que ante mí se presentaría. Era la quinta dimensión  del misterio. Alto, ancho, largo, tucán, misterio. Enigmas de una cultura para mí en ese momento indescifrable.
Lo cierto es que uno, al dar un salto, puede llegar si quiere a lo más alto, como liviandad imaginaria, como si fuera luz, llama o aire. Como si la condición humana pudiera despojarse de sí misma. Esa montaña de piedra escalonada a lo que llaman pirámide, con su pesadez inaudita es la que, yo creo, allí nos otorga la relativa liviandad.
Y tras la última frontera llegué por primera vez a México, entrando por Chiapas en plena rebelión zapatista, por lo que el camino fue sinuoso y con bloqueos. En esos tiempos sin internet era más fácil ignorar. Cuando llegué a Oaxaca me enteré la magnitud del conflictoen la zona que había cruzado. Allí conocí a Lilia, quién me contó de la Guelaguetza, de los huipiles y del baile “la chilena”, que marineros de Bochard habían llevado a aquellas tierras. Los colores bordados de su atuendo no me permitían sin embargo, otorgarle la atención merecida a su cándido relato, como si los ojos le dijeran a los oídos “¿no ven que hay que ver esto?”

Después llegué a la única ciudad inabarcable que conozco, el Distrito Federal. Yo me sentía en un gran estudio de televisión donde el Chavo y Quico podían tener miles de rostros. Recordé que por TV cable había visto a Raúl Velazco presentando a Paulina Rubio en San Luis Potosí un año atrás, frente a una tribuna colmada de mexicanidad, allí, donde el oro y la plata tienen forma de piedra, donde la dureza se instituye desde la historia y la valentía es cruel, mis retinas guardaron esas maravillosas imágenes a las que quería ver en vivo, y me fui a  San Luis. La cintura ferozmente extrangulada de algunas  jóvenes potosinas según dictados de la época, contrastando con su abundancia, fueron la confirmación de que México era México todavía, antes del tratado de libre comercio y antes de la “modernización” Guanajuato y luego Guadalajara dieron por terminado el viaje de ida. ¿Falta mucho para Guadalajara? La frase, repetida antes y durante el viaje, ya no tenía sentido.

Guadalajara

El largo regreso

Desandando el camino llegué a San Salvador. hacía calor. Había hormigas por todos lados, y era increíble la suciedad acumulada en la esquina de Rubén Dario y Novena Avenida Norte. El ruido que brotaba de los buses, de los comercios, de la gente; el chapulín colorado; las vendedoras de papayas y pepinos, los chicharrones y el ejercito que patrullan las calles, todo lo teñian de latino y de americano. La música siempre estaba.
“Cuando yo sea millonario, te voy a llevar a que te arregle el cirujano; cuando yo sea millonario, no te la vas a estar fregando y fregando. Pero de mientras tu sigue lavando y planchando y haciendo de comer”, podía escuchar en la letra de la cumbia.
Crucé El salvador entre humaredas anti mosquitos y llegué a Honduras, donde pasé varios días en cama con una´gastroenteritis espandosa, que no me impidió conocer bastante un país que desde el principio quise mucho. Los últimos kilómetros de carretera a la frontera de Las Manos, o sea a partir de El Paraíso, fueron mas que agradables, transitados en una combi japonesa casi al borde del colapso. De los casi diez que viajábamos en ella, no mas de tres cruzaríamos a Nicaragua, ya que los demás iban bajando en el trayecto. Yo tenía aún bastantes lempiras, unos setenta, que debería cambiar en la aduana.
Al llegar a aquella, poco después de las once de la mañana, hacía bastante calor. El trámite de salida resultó sencillo aunque muy lento, pues en turno anterior, un hondureño realizó varios papeleos.
Cerca de la oficina de migraciones, si se quiere a su puerta, la única opción de cambio de divisas consistía en una gran señora, amilanada ella, que apostada en su taburete oficiaba de “arbolito”. Enseguida le cambié los lempiras por córdobas, a buen precio, además de destinar otros cinco dólares para aprovisionarme de mas moneda nicaragüense.
La precariedad de las instalaciones, a ambos lados de la valla que dividía las soberanías, saltaba a la vista; el entorno era desalentador. Tres sombrillas multicolores, típicas playeras, conformaban junto a unas sillas el improvisado puesto de control hondureño, desde el que fui saludado muy amablemente por los efectivos apostados. Un último rastro de Honduras.
Instantáneamente todo cambió. Estaba ahora en Nicaragua, y como por arte de magia, el trato ya no resultaba el mismo que en Honduras; los signos no eran tan amistosos, y mucho menos distendidos. La hospitalidad parecía trocarse por nerviosismo.
En un primer momento, surgió repentinamente un inconveniente inexplicable, ya que en la aduana de ingreso pretendían cobrarme una tarjeta turística, lo que no es extraño, pero que solo podía ser abonada en dólares, y no en moneda local. ¿?. Para colmo yo no contaba ya con cambio en moneda norteamericana, y no había cambistas aquí. Discutí con los empleados, en tono elevado, pues no podía entender que rechazasen su propia moneda, mas mi único recurso fue reingresar a territorio hondureño y recambiar córdobas por dólares. Todos se reían de mi ir y venir, y me invitaban amistosamente a quedarme en Honduras, y aunque ganas no me faltaban, volví a ingresar en Nicaragua.
La primera impresión que deja un país, o acaso un pueblo, resultan difíciles de revertir en viajes sin pausas, como este. Pero Nicaragua se verá mas adelante que tuvo su oportunidad, y la aprovechó.
Al terminar con el trámite, me puse a conversar con dos hombres, a los que vi en carro, y les pedí que me llevasen; pero se excusaron diciéndome que no sabían si podrían pasar; eran costarricenses. Cargué mi mochila y caminé unos metros, hasta un puesto de bebidas; bajo el alero, había un muchacho que cargaba un gran bolso, a quien le pregunté por algún modo de seguir camino; amablemente me respondió, y como me dijo que era nico, me animé a contarle el incidente de migraciones; seriamente me confió que en Nicaragua iba a encontrar muy buena gente, pero que las secuelas de años de luchas internas la habían dolido y eso se notaba en el trato. Dando el ejemplo me invitó a tomar una bebida. Mientras seguíamos platicando, yo le preguntaba por los pueblos cercanos, a lo que me respondió que la primera ciudad grande era Estelí, a la cual iban buses regulares.
En ese momento, a bordo de sus dos carros, uno de los cuales llevaba otro a remolque, pasaron los costarricenses, y volví a hacerles dedo; uno de ellos paró, un poco mas adelante y tocó el claxon(*), por lo que rápidamente tomé la mochila, saludé, y alcancé el Toyota altiro. Subí y nos presentamos, como Gustavo quien escribe y como Wili quien manejaba, quien no podía ocultar su satisfacción por sortear la aduana y estar cada vez mas cerca de su Costa Rica.
Wili, con acento nuevo para mis conocimientos, comenzó a contarme su aventura. Es que él, con dos amigos mas, habían viajado a los Estados unidos para adquirir carros usados de bajo costo, y en ellos venían manejando hace varios días, desde Houston; Habían cruzado ya México, Guatemala y Honduras, y faltaban aún toda Nicaragua y medio Costa Rica. Todo un rally.
El paisaje en el camino denotaba la sequía de la estepa, y la pobreza de la tierra adentro. Wili, sin solución de continuidad, seguía desarrollando sus peripecias; decía que, por las coimas de las aduanas, se habían quedado casi sin dinero en efectivo, por lo que solo tenían para la gasolina. Al igual que yo, era la primera vez que cruzaban Centroamérica, y la habían pasado bastante mal.

Llegamos al primer poblado, llamado Ocotal, y paramos. Los amigos de Wili se presentaron, y cargaron combustible a ambos carros. Al rato seguimos, y en el trayecto comimos; todo fue unas naranjas que llevaban ellos, y unas sobras de pan lactal que yo traía desde San salvador, por lo que nos quedamos con bastante hambre.
Cuando ya habíamos hecho unos veinte kilómetros mas, llegamos a un cruce, por el que se puede continuar a Estelí, o regresar a Honduras vía Choluteca; obviamente optamos por lo primero, y unos metros mas adelante una joven mujer nos hizo dedo; Wili paró. Se llamaba Rosamaría, e iba a Managua, donde vivía. Allí tenía un pequeño autoservicio, al que por supuesto nos invitó conocer algún día.
nacaome
Al poco tiempo de ser tres, vimos como el carro que remolcaban los amigos de Wili se desprendió, a causa de la rotura del guinche; debimos parar pero, por la solidaridad de un par de mecánicos del lugar, todo se solucionó en poco mas de una hora. Así todo, ya eran mas de las dos de la tarde, y Wili no paraba de desear el momento de llegar a Costa Rica, lo que para él dependía en gran medida del horario de cierre de la aduana de Peñas Blancas, por donde pretendía pasar ese mismo día. Rosamaría, entretanto, no dejaba de agradecer que la hayamos llevado, ya que había perdido el único bus que sale de Ocotal hacia el sur, y hubiera tenido que quedarse a pernoctar allí, de otro modo. Casi sin preanuncios, llegamos a Estelí. Quedé inmediatamente sorprendido por varios motivos, pero sobretodo por las muestras de pobrezas que se sucedían a la vera; enormes cantidades de basura, gente descalza, caras sufrientes. La carretera estaba atascada por un gran cortejo fúnebre, y terminamos en calles internas, a la vez que desgarradas de olvido; casi un laberinto de promiscuidad. Estelí me provocó, profundo, un sentimiento de repudio a la injusticias sociales, a la lucha armada, a los estragos que provoca la guerra; de pronto añoraba la tranquilidad y sobretodo la dignidad, que había visto en los hondureños.
Seguimos camino, y pasamos por el Pueblo de Darío, lugar natal del escritor Rubén Darío.
Las Playitas
A todo esto, yo no había decidido mi camino. Para ir a Managua debía desviarme, ya que la carretera bordeaba la margen noreste del Lago de Managua, y la capital queda sobre la costa opuesta, del lado del pacífico; Aunque no me resignaba a dejar de conocerla, pudo mas el consejo de Rosamaría, quien con conocimiento de causas me previno que no valdría la pena el esfuerzo, y decidí seguir con Wili. Managua, según Rosamaría, ha quedado arrasada, entre guerrillas y terremotos, y es una ciudad sin zona rosa.
Ella misma, por otra parte, nos invitó unas quesadillas, que no dudamos en aceptar; fue así que, próximos a Tipitapa, abordamos un parador y saciamos nuestro hambre. El tardío almuerzo resultó completo. Estábamos en Las Playitas, cerca del Río Viejo. Allí, el lugar invitaba al reposo, ya que la conjunción de palmeras y la proximidad del lago, aliviaban lo pesado del clima de la carretera; la aridez nicaragüense se hace insoportable bajo el influjo solar de las tardes de marzo. Rosamaría saco de su bolso una vieja cámara polaroid, y sin aviso me fotografió mientras comía. Hoy guardo entre mis cosas esa foto, con dedicatoria incluida. De sobremesa, no pude menos que agradecer la hospitalidad, tanto a Wili como a Rosa, quienes entendieron lo que significa para uno sentirse, en tierras tan lejanas, a gusto como en la propia.
Eran casi las cinco de la tarde, y llegó el momento de la despedida de Rosa; fue pasando Tipitapa, donde la carretera se divide en dos y el brazo derecho se abre a Managua. Nos despedimos en la banquina, bajo un árbol muerto.
A esta altura, Wili y yo habíamos tomado gran confianza, y el viaje resultaba ameno; ya no pretendía él llegar a Peñas Blancas ese día, por lo que decidimos cenar tranquilamente en Masaya, al atardecer. En Nicaragua oscurece alrededor de las seis de la tarde. La carretera, si bien no había variado en demasía su paisaje, ya no contaba con el lago como compañero.
Ya era de noche cuando llegamos a Masaya, lugar que, definitivamente, representaba algo mas cercano al concepto de ciudad que sus caseríos precedentes en el camino. Paramos en una gasolinera(*), pero ni los ticos ni yo teníamos córdobas suficientes para cargar; un joven que se hallaba allí con su bicicleta, sin embargo, se ofreció a acompañarnos a la casa de quien nos podía cambiar. Wili, sin desconfiar, lo siguió entre las calles hasta que en medio de una cuadra cualquiera, nos detuvimos; el joven golpeó, y un hombre de mediana edad salió, habló con Wili y le cambió sus dólares. El joven, solo saludó amistosamente.
Ya con efectivo, dimos unas vueltas por la plaza y, ahí nomás, decidimos parar para comer, no sin antes retornar a la gasolinera, donde Roberto y Guido, los amigos de Wili, nos estaban aguardando.
Hayamos enseguida un comedor abierto, el que parecía económico. El menú, por supuesto fijo, resultó abundante: carne, frijoles, arroz, papas y bebidas. La atención, por su parte, llamó precisamente nuestra atención, ya que las chicas que nos sirvieron, según palabras del propio Wili, estaban buenazas. Guido y una de ellas coquetearon un rato, y la sobremesa, esta vez muy extensa, sirvió para distraernos del viaje. En Masaya, la noche de domingo se presentaba agradable, y las jóvenes salían a lucirse a su manera. Nosotros volvimos a rumbear al sur. La noche estaba totalmente cerrada y en la carretera había muy pocos carros. Además, a excepción de Rivas, no habría ya poblados hasta la frontera de Peñas Blancas. A los pocos minutos, nos separamos de Roberto y Guido, que iban atrás, por lo que viajábamos en una absoluta soledad; Wili creyó estar perdido. Entramos en un tramo totalmente oscuro, sin luces ni señales; dudamos en seguir, hasta que divisamos unas luces cercanas, que resultaron ser un local bailable. Paramos y preguntamos como llegar a la frontera, por lo que todos rieron al contarnos que, de ella, estábamos a trescientos metros. Wili pegó un alarido de alegría. Avanzamos hasta la aduana, y estacionamos el carro. Habían ahí nomás una posada y un bar, decorosos por cierto, y en ellos, gente escuchando música o comiendo. Nicos, ticos, unos yankees que iban a la isla del Coco, y un argentino. Charlamos con la gente del lugar hasta que nos venció el sueño.
Al despertar, había amanecido; y hacía un frío terrible dentro y fuera del carro-cama. Aunque estábamos todavía en Nicaragua, todo olía a Costa Rica. Le pedimos a un lugareño permiso para ir al baño, y luego nos sumergimos, cada uno a su turno, en un tanque con agua de lluvia que sirvió de bañera.
Después, caminé hacia la aduana, para despedirme de Nicaragua.
Y para despedirme también de esa sensación que me había acompañado en aquella tierra seca, y que resultaba ser la seguridad de haber conocido una faceta totalmente distinta de la convivencia humana.

Llegamos a Peñas Blancas. Hacía unos metros que estaba en territorio costarricense, con Wili, Roberto y Guido, que festejaban su vuelta a casa; las primeras impresiones del país, de la llamada Suiza Centroamericana, resultaban casi sorprendentes. Es que aquí, la frontera, una vez mas era un gran vuelco, un gran cambio; en Costa Rica reaparecían las sonrisas, los arreglos florales, el verde. Una admirable limpieza, tal es así que el primer paso, casi instantáneamente, consistió en el lavado y desinfección de los vehículos; el carro de Wili destiló kilos de tierra.
A ambos costados, instalaciones acotadas, familiares, que despuntaban el sentido costarricense de las cosas, en un país pequeño, prolijo, diferente.
Ya en migraciones, repentinamente tendría que despedirme de mis compañeros de viaje ya que ellos tuvieron inconvenientes con el ingreso de los carros, y se retardarían. En la confitería, donde desayunamos, Wili y Guido me dejaron sus direcciones, me desearon suerte y ponderaron su país. La despedida fue, como casi siempre lo es, un hito de emoción, un momento sentido.
Eran casi las once de la mañana. Justo en ese momento un bus partía hacia San José, distante unas tres o cuatro horas; recuerdo que casi lo pierdo, pues por no encontrar mi mochila me demoré, pero el bus me esperó, y al fin partí.
Hacía calor en el trayecto, y no era para menos; estaba cada vez mas próximo a la línea ecuatorial. Todo al pasar eran palmeras, verde, colinas trabajadas, moderadas planicies y casas aisladas, en medio de una armonía a la que nada me había costado acostumbrarme. Innumerables flores de variados colores protagonizaban un marco atractivo, que en nada podía compararse con la aridez y precariedad que había abandonado el día anterior, antes de cruzar la frontera.
El guarda del bus se acercó a cobrarme el pasaje, de ochocientos colones(*), y aproveché para cambiarle unos dólares mas.
Pasado el mediodía, llegamos a un pequeño poblado, el primero, cercano a Puntarenas, donde paramos unos minutos. Compre allí bananas, al irrisorio precio de treinta colones;
El bus siguió, y nos aproximamos a Alajuela, suburbio norte de la capital. En Centroamérica, me había acostumbrado que las afueras de las capitales marquen el máximo grado de pauperización humana, pero San José se presentaba como una ciudad de buen vivir, con servicios modernos y un estándar medio dominante. Pasamos por el aeropuerto, y rápidamente llegamos al centro. El bus estacionó en un parador propio, sobre una ancha avenida.Comencé a caminar entonces, con mi mochila a cuestas y observando, ante todo, el aire tico, de lentitud y tranquilidad, que no me prohibió hallar paralelos con rasgos chilenos.
San José es la mas chica de las capitales centroamericanas, con alrededor de ochocientos mil habitantes. Sus calles son mas bien estrechas, rectas y coloridas. Impera un orden armónico, sin sorpresas, y hasta pareciera que todo es anunciado; la peatonal, la plaza, el palacio gubernamental. Todo está en su lugar en San José. Compre cebollado y pan común; también leche. Noté enseguida, que el costo de la vida era notablemente mas elevado que en El Salvador, y por supuesto, que en los demás países de la región. Pero en Costa Rica, el poder adquisitivo es muy superior a su vez.
Al atardecer, tomé un bus a Alajuela; volví, entonces, a darme cuenta que algo era diferente en este país; es que ya estaba acostumbrado a que la locomoción urbana estuviese destartalada, sucia, como un desarmadero móvil. Ahora, viajaba con aire acondicionado, y por una moderna autopista.
Alajuela es mas espacioso que San José. Sus calles son anchas, con mucho verde; aquí la noche es esperada con placer, en busca de un descenso de la temperatura. En Alajuela está el aeropuerto, al que debía ir el día siguiente para tomar el vuelo a Bogotá, por la mañana. Pero ante la disyuntiva de buscar un lugar para dormir, y tener que levantarme temprano, o pasar la noche en el aeropuerto, fui caminando a este para ver si podía quedarme allí. En el hall, pequeño, habían no mas de diez personas, entre ellas, una de acento y modos típicamente argentinos, que estaba protestando contra una compañía. Me senté en una butaca, a comer pan.
Hacia un costado, vi una serie de modernos teléfonos. Desde México, hacía ya tiempo, en ningún país había podido llamar a Argentina con cobro revertido, así que consulté si ello era factible. Quedé sorprendido, cuando me dijeron que con monedas corrientes de cien colones podía hacerlo desde cualquier teléfono público. Fue asi que pude hablar a mi casa, dando mi paradero y mis planes, que me llevarían a Colombia la mañana siguiente; eran las diez de la noche del siete de marzo, pero en mi país ya era madrugada del ocho.
Caminando por el hall, en busca de un lugar cómodo y tranquilo para dormir, conocí a Nicolás, que estaba conociendo Costa Rica pero era de Lomas de Zamora, cerca de Quilmes. También en el hall conocí a un yankee, que hacía ocho meses que había partido, y estaba dando la vuelta al mundo; aunque no pensaba pasar por Sudamérica, conocía muy bien la realidad de nuestros países. Como él también pensaba dormir en el aeropuerto, buscamos juntos un buen lugar, el que resultó ser un entrepiso solitario desde el que podía verse todo el ancho del hall; era mas de la medianoche cuando, él en su bolsa y yo en las baldosas, nos deseamos buenas noches.
El dormir fue mas que aceptable, dadas las condiciones. Y al despertar, pasadas las seis, pude escuchar los ronquidos del yankee que continuaba su sueño profundo.
Por la mañana el hall ya no era solitario, pero pocos podían vernos en nuestro recoveco elevado. Igualmente me dio vergüenza estar acostado allí, aunque si por el personal de seguridad fuese, podría quedarme varios días. Costa Rica tiene fama de país en el que las libertades son respetadas, y no tiene ejercito; al menos mi libertad de descansar mereció absoluto respeto, mas allá de las bromas.
Me levanté entonces; mi vuelo debía partir a las nueve y media, pero por problemas en SAM(*) nos pasaron a un vuelo de Aviateca(*) a las once y media, pero a Panamá, para volar, recién desde allí, a Bogotá. Era bienvenido por mi el cambio, ya que de esta manera podría pasar por Panamá también, ya que por problemas de visado había descartado ese destino.
Ya en el Dutty Free, tomé rico café blanco gratis, y leí La Nación, el diario local mas prestigioso, y un ejemplar viejo de la Gazzetta de Milano, que encontré en las butacas.
Fue hora de balance. Sabía que Costa Rica era un misterio develado, pero sabía también que el país de los volcanes habría escondido en si, muchas reliquias a mi apurado pasar.
El vuelo salió atrasado, y el día por demás diáfano me permitió gozar de la última imagen de la bella San José.
Minutos luego, el cielo. A la izquierda, el Mar Caribe, a la derecha, el Océano Pacífico; y , en el medio, una franja de selva verde que, ni mas ni menos, era la mas estrecha América.

atacamaDe regreso en Sudamérica

La escala en Bogotá tuvo condimentos que algún día contaré. De allí volé a Quito y luego a Guayaquil, donde el calor volvía a ser protagonista exclusivo. Seguí hacia el sur y desde Machala a Tumbes el camino se desvaneció entre verde tórrido, otros colores perdidos y bananos, bananos y mas bananos. El primer mototaxi me recordó lo fronterizo mientras el oscuro cielo envolvía las potentes luces de la avenida.
¿Adonde ir, a Trujillo, a Lima directo? La respuesta provino de una peruana muy simpática que me invitó a Chiclayo.
El estado físico calamitoso y las ganas de llegar y contarlo todo empezaron a apurarme. estaba en lima, pero ya me había ido. El hambre y las ganas de comer se Hoy se cumplen 20 años de la partida hacia mi primer gran viaje. Un viaje sin internet y entre guerrillas por 13 países de América Latina.  juntado hacía ya mucho tiempo hasta que, en Arequipa, ambas desaparecieron. Y no por ninguna oportuna ingesta sino porque, de repente, nada que no fuera la llegada a casa podría importar un ápice.
Miré el cielo y el suelo, la baranda del balcón y la pared de piedra blanca y me vi, sin espejo, delgado, cansado y rebosante de experiencias.
Y así y aún cuando restaban cuatro mil kilómetros para ver la puerta de casa, casi sin darme cuenta cerré los ojos.
Una ruta panamericana de tierra y sinuosa me depositaba a cada instante en cambiantes paisajes, con el már a la derecha y la seca colina a la izquierda, en un constante juego de las siete diferencias que ya no estaba en condiciones de resolver. Ni con la ayuda del recuerdo de los ojos mas bellos y la sonrisa de luz. Algún cartel debe haber anunciado la frontera, pero solo una estructura de hierros confusos con una techumbre no apta para la inexistente lluvia sería el preámbulo para la siguiente jornada. 31 horas me separaban de Santiago y un bus del primer mundo me llevaría a lo largo de los siguientes dos mil ochenta kilómetros.

Santiago fue una excusa y Mendoza también. La moneda de 50 centavos que constituía la totalidad de mi capital al llegar a Buenos Aires, podía a esa altura ser de utilidad a dos fines diferentes. Pagar el cospel de subte que me llevaría a Constitución, para luego viajar sin boleto hasta Quilmes en el tren y caminar de la estación a casa. O con mi aspecto ruinoso sortear los molinetes del subte y pagar religiosamente mi boleto de ferrocarril, el que de obtenerse constituiría el último documento por mi derrotero por las tres Américas. Era una ventaja, porque al cospel se lo hubiera tragado de todas formas el molinete.
Pero finalmente encontré en un teléfono publico un fin más provechoso. Sabiendo que los controles del transporte se apiadarían de mí, telefoneé a casa anunciando mi llegada y de paso, solo de paso, pidiendo que a modo de bienvenida, la parrilla estuviera candente y la carne dispuesta para darme el único gusto que me había quedado pendiente a lo largo de la travesía. El asado en casa fue el cierre del último capitulo de un largo viaje que me enseño que no viajo para irme, viajo para volver.

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