De Jagüé a Copiapó

El domingo tuve suerte. Casi toda la mañana esperando quien subiera a Laguna Brava rindió sus frutos y antes del mediodía Walter, que guiaba un grupo de turistas franceses y rosarinos me ofreció un lugar sin pagar en la traffic para hacer la excursión de 5 horas.

El camino entre Jagüé y Laguna Brava es de ripio y los paisajes son sorprendentes, la magnitud de la cordillera es incomparable y la variedad de tonalidades exquisita. Además, viajar con guía magnifica la experiencia.

El cielo de un celeste intenso y permanente daba marco a las vicuñas y guanacos que suben las laderas, únicos habitantes más allá de los 4000 metros de altura. El clima cálido pasa a ser templado y luego frío aun a media tarde, pero llegar a la laguna vale toda pena. Cubierta en parte de sal y con picos nevados de telón, es uno de los paisajes más hermosos de la Argentina. En este lugar en 1964 aterrizó de emergencia un avión chileno y los pasajeros sobrevivieron. Tuve la oportunidad de acercarme a un ala y ver desde lejos parte del fuselaje.

La mañana del martes 4 se presentaba fresca en Jagué. Desperté a las 7 al llegar la señora encargada de limpieza de la casa de Guarda Fauna. Poco después llego Sergio, encargado de turno y a las 9 Pedro vino a avisarme que la gente de vialidad me llevaría a Barrancas blancas al mediodía. Luego de actualizar el facebook y desayunar decidí ducharme y en medio del baño llegó una camioneta que iba al campamento a revisar un grupo electrógeno, a quienes Fernando había pedido que me pasen a buscar. Me sequé tan rápido como pude, agarré todas mis cosas y olvide la botella con agua e la heladera. El viaje fue veloz, pasamos de nuevo por Laguna Brava y llegamos a Barrancas Blancas si detenernos, pasado el mediodía, justo para comer asado que Romeo y Rubén habían preparado. Ellos me recibieron y me alejaron en una de las habitaciones comunes. El campamento esta muy bien acondicionado, pero la escasez de gasoil por eso días hizo que solo tuviéramos luz eléctrica por la noche.

Al día siguiente salí a recorrer los alrededores, llegando al monumento al indio. ya el jueves, día que abría la aduana, me preparé para cruzar a chile. Uno de los dos vehículos que pasaron ese día, del copiapino Juan Carlos, me llevó a Copiapó, dejándome en la puerta de la Mutual donde trabaja mi amiga Paola. Con ella, su padre Pedro y con Mario pasé 3 días en Copiapó en su casa recién estrenada, con varios tours por la ciudad y buena comida. El camino ahora continúa al encuentro con el Océano Pacifico.

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