De Antofagasta a Arica

Varios días acampando en la playa antofagastina desgastan y el descanso en la casa de Afaf y Hassn en la población Gran Vía fue reparador, justo antes del encuentro con Daniela, uno de los momentos más esperados del Camino. Por ello y porque en sí Antofagasta es una hermosa ciudad, la despedida se hizo difícil. Pero el domingo era día de ruta y con Yasser y Javier llegammos a Mejillones, una Caleta poco atractiva en la que acampamos en la playa y cocinamos una rica cena bajo el cielo con bruma. Hacer dedo de a tres es difícil aún en Chile, asi que a la mañana siguiente, en la que amanecimos rodeados de una plaga de moscas, nos separamos para tratar de llegar a Iquique. A todos nos costó poco y en mi caso fue media hora de espera y un viaje de 4 horas a mas de 120 km/h.

Iquique

Es sorprendente lo que ha cambiado esta ciudad en los 20 años que pasaron desde mi última visita. La instalación de la Zona Franca sin dudas ha cambiado su destino. Un comercio sin descanso, incluso de madrugada y kilómetros de playa que parecen más Miami que Sudamérica. Disfrute de dos días de sol y mar, de linda gente y gratos momentos y si no fuera porque el objetivo es andar, éste hubiera sido un buen lugar para quedarse un par de semanas.

Pero a media semana partí hacia Alto Hospicio, el suburbio iquiqueño en la altura, donde hice dedo para visitar las oficinas salitreras de Santa Laura y Humberstone, un pendiente de dos décadas que pude saldar. Son lugares quedados en el tiempò, que muestran el duro pasado de los pioneros del desierto. En un pueblo cercano, Pozo Almonte, George me invito a cenar y descansar en su humilde casa. Son esas personas nobles que hacen posible el Camino a Veritvania sin dinero y con afecto por montones. A la mañana siguientecaminé unos kilómetros de arena, como para asimilar tanto vivido y luego tras media hora de dedo Hector me alzó en su camión y me dejó en Arica, mi querida Arica, ciudad en la que viví un corto tiempo en 1994 y a la que pude volver despues de mucho quererlo. Mi amigo Daniel me alojó en su casa y con su grande y linda familia fuimos a ver el atardecer en la playa, cerca de aquel morro en el que alguna vez había dejado bien guardada

parte de mi corazón.

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