BUENOS AIRES COMO POR ÚLTIMA VEZ

 

Plaza Constitución, acabo de bajar del tren un domingo al mediodía. La estación es una configuración enorme cuando está en silencio. Para salir del gran hall, es necesario esquivar una decena de cuerpos sucios arrinconados sobre el sucio piso. Afuera, el cielo nos hace creer que nunca se han inventado las nubes y la señora que vende jugo de naranja se abrasa bajo el primer sol, mientras pocos colectivos dejan ver lo ancho que son las calles. Empiezo a caminar por Brasil sin saber por qué y, sin pensarlo, paso debajo de la autopista que va  a Avellaneda, hacia Parque Lezama, mirando de reojo la basura, esperando nada.

Las veredas se angostan. La soledad de las grandes ciudades se me grafica en un viejo barbudo en camiseta leyendo un diario que no es de hoy, en uno de los bancos del parque, justo donde la barranca es un viaje de ida que nos echa de San Telmo y ofrece poco. Tomo entonces Defensa hacia el norte y ahí y hasta Plaza de Mayo, todo es una continua kermese de tango y Mafalda, en la que las rubias del hemisferio norte pueden definitivamente conocer el choripán y los parientes del viejo barbudo se transforman en mozos, en vendedores de feria, en bailarines expertos en sacar unas monedas. Es San Telmo, y es domingo de buenos aires a puro sol.

Después, que importa del después decía Goyeneche en Naranjo en Flor, todo deja de ser un show. Incluso Florida, Plaza San Martín y Retiro yacen abúlicos, languideciendo opacadas frente al colorido del barrio sur. Es curioso como el alma de la ciudad deambula según las épocas y los días, y lo que ayer fue cementerio hoy cobra vitalidad, para morir alguna nueva vez. Es lo que pasa en Recoleta alrededor de la de Evita y otras tumbas. Curiosidades de Buenos Aires, la capital argentina, aunque en Retiro huela a Paraguay. Es hora del almuerzo, más por orden del estómago que del reloj, que se tienta con un sandwich de vacío.

Tras laberintear por barrio norte, voy volviendo al sur por la 9 de Julio y me doy cuenta que casi se ha ido el día,  que el sol ya no se ve ni mirando hacia el oeste y siento alivio del sufrido calor de noviembre. La brisa del Río de la Plata cobra fuerza y me agrada. Antes, creo haber visto un reflejo de fuego en Diagonal Norte, acaso el ocaso. Estoy casi exhausto cuando llego al obelisco y no es para menos, he caminado las últimas diez horas por lugares conocidos, propios, por los que me es imposible perderme. Cuando uno camina las mismas baldosas que ya caminó muchas veces, se cansa más.
El obelisco no está solo. A sus pies una treintena de almas le dan colorido al monstruo blanco. No son grupitos, mas bien soledades agrupadas ocultando vidas o quizás historias de encuentros casuales que quieren demostrar como una ciudad enorme puede quedar chiquita.
Ya oscurece y la noche sombría me devuelve hacia el arrabal por el camino de siempre. Me gusta pasear para despedirme antes de un viaje, creyendo ver las cosas por última vez. Habré de extrañar Buenos Aires cuando me pierda, pensé.

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