De Quilmes a Gualeguaychú

Horas antes que el año terminara comenzó este, el Segundo Tramo del Camino a Veritvania. La primera escala prevista es Gualeguaychú, para pasar el cambio de año en casa de la familia de mi amigo Jorge Quiroz. Salí a las 8.20 a.m. de casa y pasé a despedirme de los chicos. El cielo completamente gris confirmaba el pronóstico de lluvias para el último día de 2014, y poco tardó en largarse un aguacero continuo bajo el que crucé todo Buenos Aires.
Tomé el tren a Constitución, que vino con un retraso de 20 minutos, luego el subte a Retiro y de allí el tren a Villa Ballester, aun sabiendo que por el retraso que arrastraba perdería el único tren que de ésta sale a Zárate por las mañanas. Y así fue, ya que partió puntual a las 10:06 de la estación a la que yo llegué 10 minutos después.
Había que replantear como seguir. Pregunté alternativas y escogí tomar el 204 a Zárate, con combinación en Ingeniero Maschwitz, una salida que jamás había hecho para dejar atrás la urbe. Seguí con lluvia todo el trayecto, sinuoso, por las lenguas mas nuevas del Conurbano Norte: Bancalari, Don Torcuato, Pacheco, Benavidez, zonas con verde, barrios y fábricas con la Panamericana cruzada más de un par de veces en ambos sentidos como bailando un tango.
Al llegar a destino y antes de bajar, le pregunté al chofer si era factible tomar desde allí un colectivo directo a Zárate, a lo que me respondió “yo te llevo”. Es que él tenía que continuar hasta allá vacío, debido a la reducción de servicios por el feriado. Primera aparición de la suerte de veritvano que uno espera tener en el Camino.

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Fuimos charlando mientras el micro iba a buen ritmo, ya no zigzagueante, hasta que me dejó a la entrada de la ciudad de Zárate, a pocos metros del peaje de la ruta que cruza el Paraná en dirección a Brazo Largo, ya que allí es donde conviene hacer dedo para ir a Entre Ríos.
Por suerte la lluvia paró y la temperatura se hizo agradable. Me detuve a comer algo de lo que traía y descansar un poco, antes de ir a hacere dedo.
Caminé al fin a la banquina, la primera de tantas que vendrán. Algo más de media hora bastó para que un hombre de pocas palabras parara y me llevara a Gualeguaychú. Lo poco que me contó fue que viajaba a disgusto, porque prefería pasar las fiestas en San Antonio de Areco. Tenía algo de gaucho, llevaba un cuchillo de plata.
El paisaje es monótono, excepto cuando se pasa por la doble altura de los puentes sobre el río. Viajamos a muy baja velocidad, hasta que pasadas las 6 p.m. me dejó en la recta y larga avenida que conecta la ruta con el centro. Había llegado al primer destino en diez horas, con un gasto de 17 pesos.
Pasé las fiestas de fin de año y año nuevo en las casas de los familiares de Jorge, 30 gualeguaychuenses, entre comida y bebida de sobra y mas que buen humor. Un agradable comienzo del camino.

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