De Trinidad a Tacuarembó

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A la mañana del lunes 5 volví a despertar tarde, sea por la sombra que dan los eucaliptus en el parque de Trinidad. Desayuné, me duché y salí a la ruta 14 a hacer dedo hacia Durazno.
Caminé por la ruta un par de kilómetros, hasta la primera sombra apta para hacer dedo. Pocos minutos estuve ahí hasta que se acercó una moto, era Fito Esperben, uno de los chicos que conocí en el parque, que me vii pasar caminando y vino a buscar con la idea de llevarme hasta Durazno. Fueron 40 km con él en la moto, pegados a un camion que iba a 100 km x h. Fue una linda experiencia, siempre lo ea el viento en la cara. Ya en Durazno dimos una vuelta, es una ciudad bastante mas grande que Trinidad y que Mercedes, y me llevó a conocer el balneario del río Yi, donde daba para quedarse, pero era mediodia y la idea era hacer noche en Paso de los Toros o algun otro pueblo chico.
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Entonces me dejó a la salida norte de la ruta 5, donde no hice dedo ni siquiera 5 minutos hasta que paró una chica que iba con su mamá y su hijo y me llevó a Paso de los Toros en una camioneta, yo en la caja a puro viento y sol.
Paso de los Toros es chico, junto al Río Negro, con un centro de 3 o 4 cuadras y un balneario no muy atractivo en el que sin embargo vi cientos de carpas y casas rodantes. Pero no me resultaba interesante para quedarme, así que descanse un rato y volví a la ruta, pero ya anochecía y armé la carpa detras de la Ancap.
Un verdulero me regaló unos 5 kg de frutas, entre duraznos, naranjas, manzanas, bananas y limones, que fue parte de mi cena.
El Martes 6 por la mañana hice dedo y tuve la suerte de que Pablo, de transportes Alistra, iba a buscar madera al monte por lo que me dejó antes del mediodía a 30 km de San Gregorio de Polanco, mi destino del día. Al rato una camioneta me llevó hasta el pueblo, justo antes que se largara un diluvio.
San Gregorio es muy turístico, expectante de sostener todo un año con lo que se pueda ganar en una temporada de dos meses. Pude tomar algunas fotos cuando la lluvia me lo permitió y tomé sopa en los bomberos, pero fui a dormir al camping junto al río, en un bonito balneario donde supuestamente había que pagar pero no había nadie administrando.
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El miercoles 8 salí de San Gregorio de Polanco temprano, ya sin lluvia y con 18 grados, nublado, ideal para caminar la ruta. Me propuse entonces entrenar y salvo un tramo a dedo en el camion de la ferreteria, hice unos 34 km a pie hasta el anochecer, comiendo frutas y pastelitos que me dieron a mi paso, cuando armé la carpa al costado del camino, ya en la ruta 5.
El jueves 8 desperté en un lugar hermoso, con el sol saliendo, con el cuerpo y el alma ya entrenados para admirar las telarañas, apreciar la belleza de las flores silvestres y el aroma de los yuyos. Es que durante los primeros días de todo viaje cuesta un poco percibir todo eso. También los musculos tardan unos días en adaptarse al ritmo del camino, al peso de la mochila.
Desacampé y salí rumbo norte caminando, sin hacer dedo, fueron 25 km hasta llegar a Curtina, pueblo de mil habitantes, a eso de las 14 hs. Comí el limón, última fruta que me quedaba de las que me había dado el verdulero en Paso de los Toros, antes de entrar al pueblo. Lo primero que vi fue el natatorio municipal, infaltable en cada poblado uruguayo, y fui a pedir para ducharme. Era la primera vez que no me bañaba en dos días. No hubo ningún problema, de hecho la señora me preguntó si quería entrar a la pileta, que estaba llena de chicos, pero le dije que no. Esa misma señora me ofreció soda fría y otra me trajo dos bananas. Charlamos un rato con ellas y dos chicos más y continué camino. Pasé por una panadería y pregunté si sobraba algo. Acá, en Curtina, Tacuarembó, era la primera vez que lo hacía. Me pareció bien hacerlo, después de 30 km de caminata y mucho que contar. El panadero me dió tres porciones de pizza y media docena de libritos, un manjar a estas horas.
Caminé en busca de wi fi pero no encontré, hasta que llegué a la plaza a descansar, en una tarde en la que se hacían sentir los 32 grados a la sombra.
Recorrí el pueblo hasta tarde y acampé en la puerta de la policia.
El viernes 9 desperté mas temprano que de costumbre, antes de las 7 y salí pronto a la ruta. Esta vez tuve suerte, porque no tardó en llegar un mensajero en una moto 125 que iba hacia el sur, pero se detuvo en Curtina porque por teléfono le avisaron que debía cancelar el viaje y volver a Tacuarembó. Conversamos un rato sobre el viaje, me contó que tenía pensado ir a Chile en la moto y se ofreció a llevarme si no me importaba ir sin casco. Hicimos los 60 km en unos 45 minutos, entre las colinas de Batoví, un paisaje que ya empieza a mostrar formaciones rocosas, y llegamos a Tacuarembó cerca de las 9 hs. Me dejó en pleno centro, algo extraño después de varios días entre pueblos pequeños.
Se sentía y mucho el calor en Tacuarembó. Busqué agua y un enchufe para cargar el celular, con suerte, ya que di con el Instituto de la Niñez y Adolescencia del Uruguay, donde Franco y Fernando me abrieron las puertas con generosidad, y  pude ducharme, descansar y comer algo.
Tras 8 días en Uruguay, sin haber gastado un peso y habiendo recorrido casi 600 km, me siento nuevo, listo para llegar a la frontera con Brasil.
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