De Recife a Fortaleza

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Después de cinco días en Recife fui a Olinda, antigua ciudad con todo el sabor pernambucano, colorida y colonial, con calles de piedras y tejados rojos. Sus barrancas empinadas descienden al mar, aunque la playa no es bonita.

De Olinda seguí hacia Goiana, última ciudad antes de entrar a Paraíba, en la que dormí en el posto BR y me ofrecieron ducha y cena. Algo empezaba a cambiar en la gente, y eso se confirmó cuando llegué al pueblo costero de Pitimbú, una caleta de pescadores con hermosas playas y gente muy amable, como resultaron ser los paraibanos. Una moto me llevó a la salida y ahí comenzó un tur de caronas y playas de ensueño. Es que después de una camioneta, en Praia Bela me levanto Zé, que vendía palos para selfies y me llevó a Tambaba, Coquerinho, Jacumá y me dejó en Ponta de Seixas, que es ni mas ni menos que el extremo oriental de América. Sentí ahí esa emoción extraña que sienten los viajeros cuando llegan a un destino.
Ahí mismo me puse a conversar con Paulo, que vivía en un barrio de João Pessoa y me invitó a pasar unos días en su casa. Él es guía de turismo, vivió en Europa y gusta viajar. En su casa me sentí como en la mía y en su ciudad, muy a gusto. En João Pessoa pude al fin andar en un tren diesel en Brasil, que me llevó al puerto, donde recorrí marinas y recabé datos para el cruce atlántico. Desde Pessoa se puede cruzar, con suerte, a Sudáfrica, mas nó a Europa o norte de África.
Los días que estuve en la capital de Paraíba fueron muy placenteros, sus playas son muy vistosas y la ciudad es limpia, algo muy distinto a lo que había visto en el nordeste.
Para salir de Pessoa tomé un bus a Mamanguape y de allí en dos autos llegué a Goianinha, donde una combi me llevó a la playa de Pipa, uno de los balnearios mas selectos y recomendables de Brasil, con el particular paisaje de la mata atlántica llegando al mar. Pipa tiene mucho turismo argentino y tambien gran parte de los servicios que ofrece es de dueños argentinos.
La lluvia apuró mi partida de Pipa al tercer día, porque el pronóstico decía lluvia cinco días más, y así con lluvia salí de carona en moto hasta Goianinha, en el viaje que más agua recibí en mi vida. De allí seguí a Natal, ciudad muy moderna, con algunos buenos ejemplos de arquitectura y una tarde plomiza de domingo pesando sobre la mesa de un bar de bebedores.

LA BELLA VIAJERA
Su sonrisa era de perlas, porque antes que nada, ella sonreía feliz.
Ya no podría despertar sin estar al lado de él.
En su sueño, él la hacía salir de sus costumbres, él a hacía volar en cielos celestes, y rojizos, tan cerca del sol como del corazon, que igual quemaba.
No era la belleza de aquel hombre lo que la había cautivado. Era su valor, su osadía, su perfecta locura calculada que los haría libres, que los llevaría de la mano a dar la vuelta al mundo.

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