CAMINOS IMAGINADOS

Lo primero es soñar. Es más la gente que sueña que viaja, que la que realmente lo hace. Decía Lao Tse que todo viaje comienza con el primer paso. Y si bien eso es cierto, ese paso generalmente es imaginario.

En mi niñez y adolescencia comencé a viajar con la imaginación. La delgada linea entre los suenos y la realidad, entre los deseos y los logros, puede ser tanto parte de un mundo real como de uno ficticio. Ese límite difuso que muchas veces el tiempo se encarga de borrar, es una mera ilusión cuya forma, tiempo y lugar, queda al antojo de cada uno.

La vida me dio después la oportunidad de recorrer con los pies aquellos irreales primeros pasos.

Hay una distancia salvable entre ser y estar, y ser e ir. Nunca me conformé con lo primero, siempre quise experimentar el andar, como la vez que descubrí aquel rostro casual de ojos bien abiertos que llamaba a la guerra sin heridos, y fui a su encuentro. No siempre todo es florecido. Pasó la primavera, se fue rápido el verano y el otoño me dejó sin siquiera una gota de rocío. Sin saliva callé, y me fui, sin pasaje ni brújula.

Aprendí entonces que lo primero para ser fuerte es la cuestión de querer serlo. Eran esa vez mis armas las mismas de siempre: La fe, una cierta forma de mirar, y mi sonrisa.
Desde entonces, he andado. He visto los soles y el cielo turquesa tras el reflejo que siempre llevé. Nunca delante. El mundo me ha prestado sus colores, el mundo no regala nada, todo lo presta.

En los paisajes imaginados leí el rojo sobre gris de los prejuicios y el azul sobre verde que envuelve cada paso. Aprendí a separar los tonos del blanco, aunque más no sea para darle un lugar al recuerdo más puro. He caminado hasta que la distancia entre el ayer y mis pies me han alejado ya definitivamente de mis principios, y acabada la traza varias veces, amanece por obligación cada día, pero las horas se diluyen como una gota de ocre en la transparencia de un abismo olvidado. A no ser que me sienta andando.

Todos tenemos un lienzo. Podemos hacerlo de papel o de caminos. Para pintar el cuadro de mi vida, tomé entonces de los colores del alba los rasgos de la aventura y del mediodía la abulia de la quietud. Por alguna razón menor, el sol va mas despacio, arriba. Con el lienzo y los colores, quise pintar la situación, pero al rato me enredé en un marco innecesario. Desistí. Los pintores tienen limitaciones, el lienzo, el ancho de los pinceles y el tono de los pomos, justifiqué. No hay arte que deba condenarnos a vivir entre manchas. Los músicos no corren mejor suerte. Repiten siempre la misma herida como espalda lacerada con una espada tarada. Y se enojan cuando el espejo les muestra fruncido el entrecejo. Por eso me necesité del arte de andar.

La rutina desmorona. En la quietud, dejé de distinguir la diferencia entre una y otra puerta, entre una y otra oscuridad. Las insignificancias suelen ser de madera, como la suerte, como los marcos. Fue entonces mentalmente como huí por vez primera. Imaginando, tuve tanto presente que al fin me transformé en pasado, solo para volver una y otra vez a visitar el mismo instante. En ese recuerdo no había mucho alrededor. Tengo la imagen de un botellón verde de un siglo sobre una mesa rústica del siglo anterior, con agua y con tapón, enmarcados por ninguna mampostería. Otros lo llaman soledad.

Cuando pasó el tiempo y salí a la deriva, sucedió distinto. Viajando la amnesia se va transformando en pan de cada día. No hay pasado ni destino. No hay objetos y la vida tiene sentido. Es riesgoso, la incertidumbre cobra por adelantado y nos paga solo con sueños, con cheques. Sentirse liviano es la mejor forma de estar vacío. Mientras el alma vaya a la velocidad del cuerpo, podremos seguir siendo nosotros mismos. Cuando el alma se adelanta, debemos partir a su búsqueda.

UNA ANTIGÜEDAD FICTICIA

Uno de los primeros caminos imaginados lo hice junto a Loy Noro. Desgarbado y movedizo, no sabía nada. Para él, todo estaba dicho. La duda era tan imposible como la mentira y por ello el silencio de su boca brotaba a cada instante. Para él, no decir nada, era bastante.

Viajábamos por la Grecia antigua en tiempos en que el mundo se vaciaba de hombres a causa de la guerra, mientras seres inmortales de cuatro patas sobrevolaran oscuros cielos. En un pasaje que logro recordar,  Goníades, un alto mando militar, nos contaba su Epopeya, en la que acabados los combates de la dicha y el tormento, la multitud victoriosa se negaba a entrar al paraíso porque desconfiaba de las intenciones del humilde Guercio. Éste, decían los informados, dudosamente podría haber dejado por sus propios medios los viejos harapos, para erigirse en mentado símbolo heroico de ninguna noble causa, por lo que dedujeron se ocultaría traición alguna. Al atardecer, enfurecidos, centenares de soldados sobrevivientes blandieron inoportunamente la cabeza sangrante del joven hasta enarbolarla en el Palo Alto por días, como trofeo. La historia posterior es por demás conocida. Los pueblos sucesivos aún no han terminado de sufrir aquel primigenio error, mentor de las futuras injusticias.

En la memoria de Loy, sin embargo, el recuerdo en lejanía se congelaba en tonos grises, húmedos de otoño  mientras su pelo, enorme y enmarañado, avanzaba sin poda, mientras su cráneo, empequeñecido, no acumulaba cerebro ya. ¿Para qué debía hacerlo? Si todo era sabido y era su pelo quien guardaba las vivencias, las certezas, los misterios. La felicidad permanente lo invadía, de ahí su sonrisa enrulada, su mueca feliz. Loy iba en silencio, ignorando.

EL MEDIOEVO EN MI CABEZA

Otro camino imaginado me tortura aún con sus despropósitos y sus claroscuros, pues no recuerdo en qué país ni en qué época sucedió. Probablemente haya sido cuando el mundo se vació y algunos adivinadores predijeron el ocaso de la historia, sin dejar muchos rastros. Conocí en ese viaje a Helmer, el Maestro, cuya palidez era inocultable a pesar del sol más cruel.

Tengo borrosa la escena. En un precipicio reverdecido, una multitud obnubilada por una meresunda galopante que todo lo cubría se vio obligada al suicidio en masa. Unos pocos, mientras tanto, acertaron en dar un paso atrás fundamental, ese que los excusó de la caída precipitada a la que los ávidos fluyeron. Fue un verdadero acierto. Pero he aquí, no obstante, que pronto se dieron por enterados que, como en cualquier reversa, los laterales no fecundizan y el horizonte se oblicua más allá de la altura de la vista, en un obligado inconsciente fugaz. Obviamente y como resultado de tal fenómeno, desapareció para ellos y para siempre el cielo.

Entre unos pocos el Maestro, inmutable, continuó su parecer hasta que, cabe aclarar en éste caso que más que por destreza por inanición, halló un atajo circunspecto, (como comúnmente los atajos son) y decidió encararlo; a la deriva entonces, arremetió hacia la nada hasta llegar no sin sentir el placentero trepidar de la ignorancia pasajera, esa que a él tanto le costaba, por ser un Maestro. Caminó y caminó siempre en reversa imaginaria hasta un lodo subyacente cerca de un último árbol, donde, cuando las ratas eran ausencia y las calandrias preauninciaban la transformación, pudo Helmer hincarse y volver a ver el cielo, reflejado en la oscuridad del pedregoso lodazal.

Cierra el recuerdo una imágen aún más borrosa del sol y la luna en erótica dualidad que enmarcaron a los últimos tergápulos del amanecer, esas aves negras inmortales que yo imaginaba dan por perdida la noche y sin embargo reinciden, como en charlas nocturnas de los viejos jóvenes de las grandes ciudades del orbe que disminuidos por la música y el alcohol pretenden ignorar en último grado su perenne adolescencia. Helmer, aún de carne, quedó inmóvil antes de que el viaje concluyera insulso.

Otro camino imaginado que tuvo como compañero de viaje a Helmer transcurrió en Austria. Casi sin saberlo, porque el Maestro todo lo sabe, él desapareció de una casa de las praderas por un lapso indeterminado, mientras pudo soportarlo. Tras recordar el aroma de viejos telones de brocato volvió y lanzándose al sommier suspiró eternamente y su yema más sensible deslizó por la cara puntilla, con los ojos cerrados, como impidiendo la ausencia de la piel. Apretó sus dientes y maldijo la hora una vez más, como día tras día, con una pena más que profunda. No en cinco minutos un silencio obligado lo desdijo, adentrándose una brisa y una sombra soprendentemente brillosa que quiso hacerse de la alfombra cuando, con los ojos más cerrados y los dientes más apretados toda vez, decidió incorporarse y partir hacia ningún lado, hacia donde había venido.

LOS PRIMIGENIOS RECUERDOS DE LO QUE NUNCA VI

Mesoamérica también fue escenario de mis paseos imaginados. Recuerdo un monumento, de supuesto nombre Mau Ixá, en el que un hombre del que nunca supe nada no tuvo, sin piedad, otro sentimiento que la maldad. Arremetió ante la musculatura de una muchacha como bestia a su presa indefensa y clavó su odio sin mesura, sin mensura. Allí la daga sangrante permanecería indagada ante atónitas hipótesis, turbias elucubraciones, incluso cuando yo abandoné el viaje. Quizás se tratara de un vengador, supuse.

Merodeaban. Preguntabánse el porqué de tamaña injusticia, de tal furibundo error quizás, de inequívoca fortuita fatalidad. Se preguntaban también, si acaso, algún rumor añejo no habría sido más que solo eso, si tal vez algún respetado camarada había ocultado consigo para siempre un imperdonable secreto. Pero no. El pueblo era demasiado pequeño y las damas lo escasamente corteses como para callar por siempre. La sangre secó. La daga también. Se buscó al asesino y se lo encontró. ¿Quién otro podría ser acaso?.

Lo encerraron y confesó. Pero sus palabras no fueron las previsibles. Serenamente dijo que el muerto, porque había habido solo uno, había tenido que ser ese y no otro, más allá de su reputación, de su buen honor. Incluso agregó que ni siquiera el verdadero culpable debiera haber sido, culpable de culpa toda, miserable, despreciable hasta su sable. Fue difícil comprender su razonamiento, lo condenaron de por vida. Fue estéril pedirle que confiese quien era el culpable.

Pero el tiempo que aveces no pasa en vano no tardó en abonar la irremediable duda que sembró la inquietud. Si como según sus palabras el muerto debía haber sido ese, la condena debería haberse atenuado, incluso hasta la absolución. El vengador calló. En realidad, nadie habría podido justificar aquella ejecución. Nadie excepto una niña que prefirió callar su suerte, y el vengador por su puesto, que creía más en Dios que en los hombres, que en la ley, y por ello pacientemente esperaría la muerte sin desear abandonar la celda, sin manchar la memoria de la niña. Las paredes del cementerio han sido emblanquecidas recientemente, el camarada tiene secas flores en su tumba. En la prisión se oyeron por años murmullos, hubo una visita inesperada. La celda, olía a jazmín.

UN VIAJE IMAGINARIO MAS RECIENTE

Un sendero insignificante se transformó, durante uno de mis caminos imaginados, en escenario de cierta felicidad fortuita. Tras una curva en barranco de esas que a principios del siglo XX aún de tierra llegaban a las ciudades, se asentaba una pequeña propiedad abandonada. Recuerdo un alboroto ahí mismo, voces que hablaban de una búsqueda, de un tesoro, que presumiblemente estaba asegurado en el perímetro de la casa, y podía corresponder a una pequeña suma en monedas del Rey o, con más probabilidad, a un lingote del mismo metal hurtado en los mares del norte, a algún pirata sin nombre ni rostro de los que solían interceptar los navíos españoles durante el siglo dieciocho, a quien un antepasado de la familia había servido.

En la mansión vivía una vieja mujer y su prole. La viuda y los suyos sólo hablaban del tesoro en tono de mito. La generación anterior, que poco conoció de limitaciones, casi no intentó su búsqueda. La anterior a ésta, inmigrante, supo de él por un escrito difuso en el que un hipotético Otto Von testamentaba a sus hijos, sin que, en vida, éste mencionara ni mínimente aquella pertenencia. Hasta aquí la historia oficial.

Aquella tarde de estío cuando yo pasé, el novio de la joven reposaba en el jardín. Húmedamente trepó el alto árbol. Tricolores nubarrones desafiaban su presencia cuando su mirada, puesta en un hueco, brilló. ¿Cómo era posible que tantas personas pudieran ignorar algo tan visible?

El joven, conocedor de La Historia del Tesoro, no vaciló en justificar aquel brillo en el contraste con la oscuridad del cielo. Y calló. Y cayó. Ya abajo incorporado miró el árbol. Siguió su tronco y rama mas fuerte linealmente hasta…

– ¡Vamos, llueve mucho! enjuició Lizbeth en ese instante.

Me contaron tiempo después que en noches sin luna una sombra solía ir casi invisible entre los fresnos. A veces, se oía un golpe sordo, enjuto, como si alguien cayera de un árbol. La última vez un suspiro breve reemplazó al golpe.

UNA QUIETUD IRRESISTIBLE

Quizás el momento menos viajero de mis caminos imaginados sucedió en algún año 1884. Helmer II, el Maestro, conversaba alegremente en silencio, a la hora del té. Victoria, que ya no estaba, lo escuchaba como de costumbre, apasionada. Discurría inmóvil el tiempo; el espacio se apagaba. La soledad era ya inocultable cuando la hora de la rata, pero para entonces, las damas del sombrero verde no tardarían en llegar. Marianela no era del todo agraciada pero sabía guardar algun secreto a voces, aveces. Lizbeth por el contrario, era un canto de femineidad hecha sutileza. El Maestro cuando por ellas iba a ser visitado, cerraba las persianas y con nerviosismo deambulaba. Las muchachas disfrutaban de ese encierro sin hallar explicación, queriéndolo. Quizas, porque en ese lugar podían recordar el deseo de algún futuro fortuito…. De repente, nada pasó. Así sucedieron los días, las horas, los deseos, las seducciones. Cada poro de piel vació su gota sigilosamente hasta que Helmer intentó dormir. Marianela lo acompañó en el sueño mientras Lizbeth aprovechó para ensimismarse. Un nombre cubrió de inmediato su universo y recordó que correspondía a un distinguido burgués. Aquel caballero tenía escuela, sabía de ademanes y nunca cometía error alguno. Su perfección era casi memoriosa. Atinaba incluso, a desempeñar con esmero las tareas hogareñas y esto lo desmerecía. Pero era galante y varonil por lo que su recuerdo se teñía de confuso. Ella dejó perder su mirada y el Maestro, quien fingía somñoliencia, inmediatamente enfureció, pues creyó leer en los labios de Lizbeth el carcomer de un beso añejo, y él aborrecía el romanticismo tardío. Aún más cuando presa de sus diatribas, era una mujer la que añoraba esos detalles que a las mujeres les gustan. Lizbeth tembló y se esfumó por completo aquel recordar. Cambió de silla y cruzó sus piernas en sentido inverso más de una vez en inequívoca señal de interés. Espigada, su figura pasaba en demasía la altura del respaldo rococó casi intacto, pese a la cercanía de la muchacha. Orgullosa de su espalda nacarada, no sabía brindar lo mejor estando de frente. Pensó entonces lo obvio, voltear y posar. Pero recordó que por alguna resuelta del destino, últimamente el recurso no funcionaba. Imaginó un espejo, se vio en él con ropajes que nunca había vestido y se imaginó desnuda. Sonrió una belleza inalcanzable sin rastro de defecto alguno. Y ahí despertó un pensamiento: Si acaso fuera imperfecta, quizás sería abordable!Algo debería corregir, arruinar, opacar. Pensaba en su rostro oval iluminado, en su cintura endiablada. La vio ferozmente ancha, obcena. Vio sus ojos ahuecarse y su nariz torcerse. Pensaba en sus cabellos jocosos, en sus manos. Pensaba en lo largas que deberían ser para alcanzarlo. Aveces, un par de metros resultan la distancia mas larga del universo. No era éste el caso, sin embargo para ella lo parcecía . Miró repentina al Maestro y se estremeció sin saber por qué, si él seguía ahí inmovil, cerca, apagado. Cerró los ojos con la esperanza de sentirse rodeada por sus brazos, y unas cosquillas imaginarias la obligaron a abrirlos. El Maestro no estaba, la oscuridad furtiva envileció a Lizbeth.

No todo lo que ha viajado sin moverse está escrito aquí. Numerosos caminos imaginados se han disuelto en mi falta de memoria. Con el transcurso de los años, fui un poco como Loy Noro. Por suerte, los caminos reales se abrirían a mi paso.

ENSEÑANZAS DE LA FICCIÓN

Si bien es cierto que todo viaje significa salir de una realidad conocida y entrar en una realidad de la que poco sabemos de antemano, es un error suponer que concluir todo viaje significa lo contrario.

A través de la vida hay cosas que van decantando. Las pasiones y las profesiones, por ejemplo. Arriesgo a decir que mi pasión es escapar de la masificación de la opinión pública que se produce a través de los medios de comunicación masiva, y mi profesión es viajar para lograrlo.

Después de una larga estandarización de la opinión pública desde la revolución industrial que se llevó casi todo el siglo veinte, asistimos ahora a una era de estandarización y sincronización de la emoción colectiva que favorece no ya el viejo orden burocrático de los regímenes totalitarios sino lo que paradojalmente podríamos denominar individualismo de masas. Somos todos supuestamente libres de decidir por nuestras vidas, pero mientras tanto la aceleración de la realidad destruye nuestro sentido de orientación. En la democracia de la emoción colectiva sincronizada y globalizada el poder político ya no es territorial, sino informativo.

Mundialización instantánea del tiempo real. En la ausencia de tiempo el espació viene a nosotros. Es la estética de la desaparición geofísica. La distancia es el silencio de todos los trayectos.

La más grande gloria del imperio es hacer de sus fronteras un vasto desierto, sentenciaba César. Hoy por hoy ll desierto es subsistencia, el desierto es coincidencia del principio al fin. En ese desierto habita en el corazón del hombre solitario y ese habitar es la causa de todos los extremos, tanto de los buenos como de los malos.

El campo de batalla ahora es el campo de la percepción, donde convencer es hablar a los ojos.

Al desierto convexo de un universo en expansión se superpondrá el desierto cóncavo de la implosión de los puntos de vista.
Las fuerzas del miedo pueden romper todas las leyes de la ciencia.

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