De Quilmes a Clorinda

Parto nuevamente. Me ha tocado una hermosa mañana de primavera, soleada, y con el viento necesario. La idea previa es hacer un viaje a la deriva, y hoy llegar a un lugar a unos 200 km de la capital. Quiero dibujar algo incoherente en el mapa, quizás un zig zag. Voy a dejar que la suerte decida el itinerario.
Salgo tranquilo, sin tiempo, voy sin preocupaciones. No espero nada, más que lo que la vida me quiera traer. No siempre se consigue una posibilidad así, siento que vienen tiempos nuevos. Agradezco a quienes encuentre a mi paso, empezando por Daniela Alvarado, por hacerme el aguante en estas últimas horas en Buenos Aires hasta que salga el tren, ya que, fuera de lo esperado, conseguí en Retiro un pasaje a Tucumán para hoy a las 19. Es probable que me baje en Pinto o en Colonia Dorá, Santiago del Estero. Esta noche duermo en tren!

ME BAJÉ ACÁ

Me bajé del tren, en la estación más chiquita de la línea que va a Tucumán. Estoy en Colonia Dora, cerca de Añatuya, interior de Santiago del Estero. El cielo está pintado de un gris que no conocía y el polvo que hace de suelo olvidó hace tiempo la última lluvia. Cuesta creer que en este clima se crió Homero Manzi, autor de Sur, Malena y Barrio de tango, uno de los sentimientos más grandes de Buenos Aires. Quizás él, como yo hoy, nació descalzo del tiempo y distraído de distancias, y pudo hacerse de pampa húmeda como pocos.
Voy a buscar un lugar para armar la carpa y algún bocado autóctono para saciar el hambre del viaje.
De acá sigo hacia el Chaco.
Tenía cansados los pies de estar quieto y la cabeza llena de andanzas. Ahora ando al encuentro del camino, sin prisa, llevando la incertidumbre, y la confianza.

VOLVER AL VIENTO

En la caja de una camioneta entre Añatuya y Quimilí, Santiago del Estero. Cien kilómetros dejando atrás la rigidez de los pensamientos urbanos y la pesadez de la vida sedentaria.
Por la mañana fría salí a la ruta y caminé un par de horas en dirección este, entre un paisaje de arbustos y sequía, y el cielo. Si la tierra es de los que la trabajan, el cielo es de los que lo miran, pensé.
Disfruté este regreso a las rutas de la manera que mas me gusta. Ponerle la cara al viento es buen ejercicio para cualquier inicio de viaje.
Sigo en dirección al Chaco, de nuevo haciendo dedo. Si tengo suerte hoy dormiré en el medio de algún campo.

ENTRÉ CAMINANDO.

A la Provincia del Chaco, que me recibió con su mayor riqueza: un cielo azul arriba y a mis pies las nubes de algodón al lado del camino. Caminar tiene sus ventajas, no sólo por cuestiones de salud, sino porque viajar caminando nos da tiempo de apreciar los más pequeños detalles, esos que están hechos para los ojos de quien va despacio.
Anoche dormí en la escuela del paraje rural La Paloma, todavía en Santiago del Estero, donde gracias a la solidaridad de sus 16 habitantes tuve cena y descanso tranquilo. Hoy caminé veinte kilómetros hasta Gancedo, Chaco y trataré de seguir hasta Pinedo, por donde está noche pasa un tren que llega hasta Chorotis, un caserío al final de la línea.

Un accidente ferroviario en Avia Terai cortó el servicio de pasajeros y tuve que cambiar de planes.

A DEDO A PINEDO

Cuando me hablan del peligro en las rutas pienso, y me callo. Gracias José, Andrea y Tiaguito, donde caben tres, caben cuatro.

Hoy es día de descanso y restauración (gracias Karina por el corte de pelo) en General Pinedo, este pujante pero apacible pueblo del sudoeste chaqueño.
Temperatura agradable, suave brisa y poca actividad por ser feriado para los empleados de comercio. Las motitos llevan y traen los chicos a la escuela e interrumpen el canto de los pájaros.
Pinedo es lindo, prolijo y florecido. Hay una plaza y varias plazoletas bien cuidadas. También un parque con lago y juegos. En la plaza, mientras los chicos se conectan al wi fi municipal, los mayores me hablaron del club de fútbol Unión de Pinedo, que participó en el Nacional de 1984 y se trajo de Buenos Aires un empate nada menos que ante San Lorenzo. Pasaron 32 años y no se olvida. Por eso visité el pequeño y coqueto estadio aurinegro en pleno centro del pueblo.
Hace un rato me regalaron un mapa de la provincia que estaba colgado en la veterinaria de Arnoldo Gallovich, que me va a ayudar para decidir caminos. La mala noticia es que no hay trenes de pasajeros por un choque ocurrido dos días atrás, pero iré a hablar con el jefe de estación, de apellido Palvecino, para ver si puedo irme en el carguero. Si no es posible, caminaré mañana hasta Charata, que está a 16 kilómetros en dirección a Resistencia. “Para tener miedo es tarde” pintó en un muro aquí a la vista Acción Poética chaqueña.

BIENVENIDOS AL CARGUERO.

Los fierros empezaron a moverse como sangre en mis venas, mientras no podía pensar en otra cosa: hasta dónde me llevarían sin si quiera detenerse? Por cuánto tiempo estaría al sol con solo dos litros de agua? La última vez fueron nueve horas por los campos de Entre Rios.
Pero al fin y al cabo esta vez todo fue sencillo. Anduvimos tan despacio, que me podía bajar donde quisiera. Correr el riesgo, es lo que garantiza la aventura, pensé.
Me gusta sentir en carne propia el milagro de los rieles, esos que, alguna vez, permitieron a una señorita sacar los pies de estos yuyales y depositarlos a la mañana siguiente en los mármoles de Retiro.
Los sueños transcurren si tienen en qué moverse. Por eso creo que subirme a este tren sojero, hoy única opción rudimentaria que subsiste en la mayoría de las vías por ser funcional a los bolsillos de los dueños de los horizontes, es sólo un acto de romanticismo que difícilmente entiendan quienes no creen en utopías.
No hay otra manera de vernos que en la realidad, como individuos, y como sociedad. Tirarle un piedrazo al espejo es una forma de ocultar los instintos más salvajes que termina devorándose tu propio estómago. Los secretos más perversos vuelven a ensombrecer cualquier rostro.
Con los pueblos sucede lo mismo: despertar pálido y sin trenes es un canto parecido a la muerte.

DE PUEBLO EN PUEBLO

Una camioneta de una empresa de agroquímicos me trajo hasta Campo Largo, un pueblo de cuatro cuadras de ancho en el centro de la Provincia del Chaco. No hay mucho para hacer acá, pero para los que estamos acostumbrados a las ciudades infinitas, la nada es una de aquellas cosas que invariablemente perduran en nuestros recuerdos.
Estos días me dediqué a caminar tranquilo, conversar con la gente y sacar algunas fotos. Pasé por los pueblitos de Gancedo, Pinedo, Las Breñas y Campo Largo, y en todos ellos me sorprendió un esmerado cuidado de los detalles. Es bueno ver que hay tiempo para las pequeñas cosas en los rincones de la Argentina.
Por la zona no existe el 4G ni el 3G, y la simple G, aparece por ratos, y en las áreas rurales se pierde todo rastro de señal. Por eso, por el momento, desistí de transmitir en vivo.
Sigo hacia Sáenz Peña y Presidencia de la Plaza, dos ciudades más grandes. 

COMO EN CASA

Cuando se viaja por mucho tiempo, lo doméstico se echa de menos. Pasarle el trapo al piso, darle de comer a los gatos, puede resultar necesario. Después de una semana andariega necesitaba olor a barrio y a patio mojado y ser uno más yendo a la tienda.
El camino siempre tiene preparado lo que necesitamos.
Con Carla nos conocimos hace tiempo en el facebook, pero yo no sabía que era del Chaco. Ayer, cuando supo que había llegado a Sáenz Peña, recibí su invitación y estaré en su casa hasta mañana, cuando siga para Quitilipi o Presidencia de la Plaza.
Dice que no sabe cocinar, pero los fideos a la bolognesa estuvieron riquísimos!
Gracias Carla Acosta!

EN SAENZ PEÑA

La lluvia hace difícil volver a la ruta y están pronosticados temporales hasta el lunes. Pero también exacerba los colores y olores de la primavera. Yo de flores y plantas se menos que poco, quizás alguien me pueda decir como se llama esta belleza roja. Lo que si sé, es que si de tamaños hablamos, la naturaleza es mucho más generosa en Chaco que en Buenos Aires.
Lo mismo pensé hace un par de días cuando vi una maxi langosta de un tamaño un poco más grande que mi mano.
El viaje está en modo de pausa.
Sigo en casa de Carla, a quien agradezco tanta hospitalidad.
El camino desde acá me presenta varias opciones: la ruta en línea directa a Resistencia o un desvío hacia el norte, en dirección a El Impenetrable son las más probables. Pero mi indecisión por el momento es absoluta, un costo previsible en medio de un viaje indefinido.

VIDA DE PUEBLO

Los encantos del Chaco están inseparablemente ligados a la tierra. Las horas se suceden con la lentitud de las sombras, aunque antes del almuerzo las señoras apuren las compras y llamen a los más chiquitos que cruzan de casa en casa sin la mirada vigía de sus padres. En cambio la siesta es un ritual indiscutible. Por ello, caminar las soleadas calles a esas horas, sólo habitadas por ceibos en flor y eucaliptus, es algo que ni a los perros se les ocurre disfrutar.

Cuando se está de paso, cualquier hora es buena para descubrir el lugar del silencio.

Con Alma y Alitaz nos conocimos hace dos años viajando juntos por Córdoba y ahora nos reencontramos en Presidencia de la Plaza, donde están visitando a la abuela.

Ahora nos vamos a Resistencia, donde ellas viven, y atrás quedarán estas calles sin apuro y sin cemento.

 

LA GRAN RESISTENCIA

Estoy en la capital del Chaco, deambulando sus mitos y secretos urbanos. La cultura guaraní, acá, se mixtura con la Argentina como en pocos lugares. “Café con leche con una medialuna y dos chipá por 50 pesos, dice una oferta de una de las mejores confiterías.
Las derivas urbanas cansan mucho más que la ruta. Cansado de una mañana de andar, “hay que tener una gran resistencia”, pensé.
Por eso es bueno aprovechar cada oportunidad de descanso, como esta, en la que estoy en Apeadero Alberdi, del centro de la ciudad, esperando el tren local que me va a llevar a Barranqueras y Vilelas.
Más tarde vuelvo para acá y me reencuentro con Alejandra, que fue a la facultad, para volver a su casa, en donde estoy parando hace tres días.
Mañana va a ser hora de partir, posiblemente en dirección norte. 

ADIÓS AL CHACO

Me voy sin querer irme, pero me voy feliz. Atravesé esta provincia de punta a punta con esa sensación permanente del explorador que avanza en tierra incógnita. Nunca creí que se haya acabado la época de los descubrimientos.

El chaqueño es muy amable. Haber compartido once días con gente accesible, que saluda siempre, entre paisajes calmos de mucho verde y cielos cambiantes, nutre el alma de cualquier viaje.

Gracias Alejandra González por acompañarme estos cuatro días de complicidades y sonrisas genuinas.
Dicen que uno siempre vuelve a aquellos lugares donde amó la vida. Yo tengo muchos. Son lugares donde simplemente encontré con quien ser, dando lo mejor de mí y recibiendo la misma cosa.
Sigo hacia el norte, se viene la Provincia de Formosa.

EL MIEDO A LA NADA

En la ruta de Formosa a Clorinda no hay nada. Por la hora, ni siquiera un atardecer hay. Preguntarse que sucedería si llegase la noche en medio de la nada es llamar a las dudas. Es momento de no preguntar.

Las grandes ideas surgen en un instante, el tiempo es para los detalles, pienso.

Entonces es cuestión de detenerse otra vez en las pequeñas cosas.
En el ruido del agua entre el curso en que corre, en el movimiento acompasado de los yuyales con el viento. O en cómo se alejan las nubes más grises. (He visto la sombra del ala de una gaviota proyectarse un instante sobre otra sombra, de un cable)

El día es eterno cuando nos detenemos en las pequeñas cosas.
Entonces hay tiempo. Para disipar los miedos, para descubrir que nunca estamos solos y para recordar a las personas de corazón grande que nos hacen el camino un placer, para comprender el sentido de los actos y ver la conveniencia de ir siempre con la verdad en la mirada, y también entre los labios.

Entre pensamiento y camino pude ver, al rato y muy a lo lejos, los edificios más altos de Asunción, la capital de Paraguay. La nada se hizo aventura, hay otro país que ahí espera.

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