De Clorinda a Encarnación

Desperté en Clorinda temprano, con Paraguay en las narices y la idea de cambiar de país. En lugar de ir por el camino internacional, por el que van los asépticos y directos buses, me fui a la vera del riacho. Ahí pude ver la hilera de gente que viene y va, tan común en las fronteras pobladas. La pasarela de la amistad es un maderamen endeble (ver foto en comentarios) que une dos países. Cruza a Puerto Elsa, un suburbio ribereño de Asunción.
Desde allí y tras pasar los interminables laberintos de una feria, puede tomarse el colectivo 101 que va hasta el popular Mercado 4 de la capital guaraní.

A poco de andar entre bañados, pasamos por un puente de madera con máximo de tres toneladas. La gente se persigna ante el crujir de la estructura. Tras pasar, Dora, que va a mi lado, me dice que algún día se va a caer, pero no tuvo que ser hoy.
Media hora después llegó a mis conocidas calles del centro. Ésta es mi tercera visita a esta bulliciosa ciudad. Me ha tocado un día de verdadera primavera, a sol pleno y con 27° de máxima, lo que en estas latitudes es una bendición.

Vamos a probar sabores y tomar el pulso del país, que de entrada se siente algo tenso, sin mucha idea del rumbo posterior.

 

Asunción tiene, quizás, el mercado más grande de América Latina. Después de un par de horas de estar perdido en los laberintos del Mercado 4, es posible confundir los maniquíes con las personas, o las manzanas con los tomates.

El centro de la ciudad siempre está semi desierto. Son tantos los locales cerrados y las obras inconclusas, que todo hace suponer que es en otra parte donde ocurren las cosas. Si de comercio se trata, es cuestión de caminar poco más de un kilómetro, hasta el Mercado 4.
Quien nunca ha recorrido el Oriental de Managua o la Feria de El Alto, en La Paz, no puede imaginar la dimensión de estos enclaves. Aquí, la búsqueda de buen precio y oportunidades de una ciudad de dos millones de habitantes esta centrada en estas manzanas, con sus calles invadidas, sus escaparates sorpresa, y sus pasillos entrelazados.

Hoy es día dedicado a sus aromas y colores, a su acento guaraní. Mañana nos vamos de Asunción.
HACIA EL INTERIOR PARAGUAYO

La sorpresa es un arma de doble filo. Puede abrir caminos y también cerrarlos. Hay un misterio en los mapas y los lugares, y descifrarlos es mi mayor propósito.
A la deriva por cuatro provincias argentinas y tras un breve paso por Asunción, llegué a Villarrica por casualidad, debido a un comentario y la intuición de que aquí había algo distinto. Y lo había.
Ahora, perdido en el medio de Paraguay entre espesas matas y tierra roja, encontré un pueblo que cautiva, con sus calles adornadas y su gente amable, sus bellezas de otras épocas muy bien cuidadas y el futuro tomado como algo que ineludiblemente va a ocurrir. Con la paz de la vida simple.

Voy a pasar unos días en esta atmósfera.
Por eso, el viaje tal como inició llega a su fin, tan imprevistamente como empezó, pero con la enseñanza de que nada es más honorable para la felicidad de andar que la libertad de permitirse encontrar un lugar y quedarse.

 

Muchos de los amigos que han seguido este viaje estarían felices de conocer este lugar, por eso salí a hacer fotos. Villarrica y su entorno son un ejemplo de lo que sucede cuando una comunidad se desarrolla cuidando la naturaleza y respetando los valores culturales que le dieron origen.

Hoy caminé mucho junto a un río y llegué a un pueblito de montaña llamado Melgarejo. Pasaré la noche acá y parece que veré el partido Argentina Paraguay rodeado de camisetas albirrojas.

Días después recorrí los pueblos cercanos. Elogio de la simetría, en Caazapá, Paraguay. Cada pueblito tiene su encanto.

Así llegué a las ruinas jesuíticas de San Cosme y San Damián, a orillas del Paraná, en medio de un pueblo que heredó la paz como filosofía de vida. Acá me despido del viaje.
Quince días en el Chaco y quince en Paraguay son una dura prueba, no por andar sus caminos exhuberantes, ni por mezclarse entre su gente confianzuda, sino por tener que volver a una sociedad tan conflictiva y desnaturalizada como la que me espera en Buenos Aires.
Qué lejos de la verdad se perciben algunas cosas. Una luz de alerta vuelve a encenderse.
Para mí, este fue un mes de mayor riqueza.

Lo que se ve atrás es Argentina. La ciudad de Posadas unida por el río Paraná con Encarnación, Paraguay, a donde llegué hoy.
Que lindo es viajar sin rumbo, sin objetivos, viajar con minúscula y sin sentido. Así como la vida de los humildes, los gorriones, y los pastos. Los que nadie recorta.
Ser el propio cazador de crepúsculos, o un probador de jamonada.
Sin viajar sabemos muy poco y prejuzgamos demás. Cuanto aprendizaje hay en lo que nos trae el dia!

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Aldoriana dice:

    Me encanto la publicacion, soy de Paraguay y realmente es asi como se describe, , mi recomendacion es leer un poco de contenido en algunas guias online para entender mejor de las ventajas y desventajas de cada localidad del Pais.

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